Cuatrocientos

A Quique Quagliano,

   en su programa número 400 de Gigantes Gentiles

 

      Ando por las calles húmedas, mojadas hasta el alma por un día de gris plomo. Un día de búsquedas estériles, algún trabajo, algún pan, alguna esperanza. El pavimento resbala, aunque la llovizna intermitente me deja ver que el almacén de la Clarita cerró para siempre. ¿Quién me va a vender ahora las dos rodajas de mortadela para el sánguche de la cena? Sigue la llovizna intermitente, porfiada, calando el cerebro como si quisiera torturarlo. Las cabezas cubiertas, espiadas por un ojo en el cielo, surcan el espacio urbano, abierto a cualquier episodio de una serie que enseguida nos damos cuenta de que es el guion de nuestra propia vida. En la esquina el negocio del Príncipe, en la vidriera una inmensa cantidad de televisores gigantes. En una pantalla, una especie de guasón desmaquillado que dice una ventura que nunca llegará. En la de al lado, un videoclip ochentoso que nunca olvidaremos. Y en otra, dos osos copulando, en un documental que transcurre en otro mundo. Todas las pantallas conforman un cambalache innegable de este siglo inesperado.

Voy entrando en mi cuadra y veo al viejo Batisturri, encorvado, indeciso al introducir la llave en la cerradura de la puerta de su casa. Es casi de noche, hace años que el viejo no sale más que a tirar la basura en el contenedor de la esquina. Su hijo, el flaco Batisturri, alguna vez se fue a Estados Unidos a comprar una guitarra eléctrica que le habían dicho era de Robert Cray. Se fue a mediados de los ’80, con guita que le dio su tía María Ester y, a la vuelta, nos tiró en la cara que estuvo zapando con Cray, Clapton y Collins en un turbio pub de Nueva York. Después andaba con una remera que en el frente tenía tres “C” y nos dijo que era en homenaje a ese encuentro. Cómo creerle en épocas sin redes sociales donde colgar una foto que lo convirtiera en ídolo de la barra, hubiera confirmado el hecho. Ahí entra el viejo Batisturri, ya ni debe acordarse de mí.

Voy entrando a casa, en busca de un bálsamo entre tanto exilio interno. Me preparo un mate cocido, con una factura que quedó de anteayer… Enciendo la radio. Si giro la antena hacia la heladera se escucha fantástica. Ahí está ese submundo al que me aferro cada semana, esa mezcla maravillosa, imponente, de teclados y reverberaciones sinfónicas, esa cofradía de oyentes que se hacen oír, desde un inca peruano, hasta un barrio porteño, donde alguien espera impaciente que el globo pueda gritar campeón nuevamente, y en el medio, Rosario, epicentro de la FM, a cinco meses de un grito de desahogo que alcanzó una gloria auriazul. En medio de un tornado de leyendas que me abruma el corazón, la voz grave, profunda, del académico tano Quagliano que anuncia cuatrocientos programas. Cuatrocientos encuentros, cuatrocientos vuelos sin más pasaporte que una mochila repleta de letras, de músicas y de voces que nos hacen sentir acompañados, en un codo a codo con nuestra propia humanidad.

Foto: Sofía Quagliano

Foto: Sofía Quagliano

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