Multitud

A veces, en mi ciudad sale el sol, sólo a veces, cuando no llueve, cuando no hay densos nubarrones que declaran que el clima ha cambiado. Ya el invierno no es invierno, dicen las abuelas, y los no tan abuelos decimos que algo de misteriosa verdad hay. Y recordamos, porque recordar es volver a pasar por el corazón, cuando nos meábamos de frío en el patio de la escuela, mientras entonábamos el Himno Nacional en alguna mañana de mayo, junio, julio o agosto. O cuando adultos, nos levantábamos a las cuatro de la madrugada para ir a reparar locomotoras ferroviarias en un helado galpón, como ocurrió en el caso de quien escribe estas líneas. Hay cosas que han cambiado, no hay dudas, no se sabe cómo, pero han cambiado. El sexo no es tan tabú y, por suerte, la libertad de expresión está en el máximo apogeo posible desde el primer grito de la revolución, hace doscientos años. Sin embargo, en el recuerdo, digo antes y me refiero a mi infancia, allá por los gloriosos sesenta, con el flower-power, la psicodelia y la mar en coche, cuando sólo le aplicábamos al pichicho la antirrábica en el club del barrio y el bicho vivía sano como cien años. ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? El hombre llegaba a la luna, el tío Lucas se fumaba todo en el asado del domingo y a los ochenta participaba en maratones. ¿Cambió la calidad del tabaco? Porque es cierto que hace mal. A mí, por lo menos, me hace estornudar. No fumo, aunque debieras, me ha dicho más de un escritor amigo. No importa, tengo otro estimulante, el café, que me acompaña mientras escribo. El café y la buena música. La buena música que me gusta a mí, como la buena música que te gusta a vos. La buena música, como la buena película, como el buen libro. Y como si fuera poco, la Mona Lisa era la obra de Leonardo da Vinci, admirada, enigmática, hermética, pelada, peluda, pelín pampluda. Hoy Lisa es un dispositivo que han lanzado al universo. Sí, se dice así, como si los terráqueos no estuviéramos en el universo. Lisa, un dispositivo que captará ondas que permitirán corroborar la teoría de la relatividad de Einstein. Lisa es una sigla, es la Antena Espacial de Interferómetro Láser, en inglés, por supuesto, porque no sé cómo saben, pero los extraterrestres, si existen, hablan en inglés, y eligen ciudades importantes como Washington o New York para hacer sus tropelías. Lo cierto es que Lisa intentará captar, según dicen especialistas de la NASA, los susurros del Big Bang. Ya voy imaginando esos cielos oscuros, estrellados, salpicados de un color rojizo con destellos de alguna estrella fugaz, y planetas danzando al compás de un vals de Strauss. Siempre, no importa el momento de la historia, habrá vientos de cambio. No perdamos las esperanzas de que nosotros, lejos de la NASA, podamos enviar al Rastrojero I, una onda espacial que captará el origen de la desidia y la indiferencia humana. Mientras tanto, perderse entre la multitud es una buena idea.


Primera novela

Se sentó en una silla de madera y paja, como las que tenía en el patio de la casa de su abuela. Se sentó al revés, contemplando el río, con los brazos apoyados en el respaldo. Con un vaso en una mano, conteniendo la cerveza helada y espumosa; con el cigarrillo en la otra mano, y el indefinido placer de verlo consumirse entre sus dedos, lentamente, como el milenio que se estaba yendo.

Vio los fuegos artificiales y los cohetes que surcaban el cielo para terminar sumergidos en las aguas calientes. Escuchó durante algunas horas las explosiones, hasta que fueron diluyéndose en la noche eterna. Cuando cundió el silencio, comenzó el examen de su memoria…

Con la primera claridad, dejó de recordar. Se levantó de la silla. La acercó a una antigua mesa sobre la cual había dejado papel en blanco. Escribió las primeras líneas sabiendo con certeza que nacía su primera novela, que debía inventarse otra historia de su vida y que, si aquella predicción gitana se cumplía, lo atraparía en plena búsqueda de eso que algunos llaman felicidad.