La calle Nueva York

No son muchos los rosarinos que saben dónde está la calle Nueva York. Y contra lo que supone que deba sugerir su nombre, no está en la zona donde se elevan las nuevas y altas torres que poderosos inversores van a adquirir para disfrutar de la vista a las islas sin el riesgo de los mosquitos y con el insondable placer del aire acondicionado y el juguito de manzanas que descansa en la puerta de la heladera. Tampoco es la calle New York. Es la calle Nueva York. Y traza tímidamente su recorrido curvo desde la calle Humberto Primo hasta Junín en una zona difusa que fusiona los brazos solidarios del barrio Industrial, del barrio Talleres y del barrio Ludueña. Alguna vez, la calle Nueva York permaneció casi oculta y perdió protagonismo frente al túnel paralelo que guiaba las vías del ferrocarril Belgrano, de trocha angosta, desde la cortada Alemania hasta casi la Terminal de Ómnibus, pasando por debajo del Puente Humberto Primo, y del Puente Lima. Era mágico escuchar en una época, el silbato de una locomotora y el humito que despedía a ras del piso sin dejarse ver. Con algunos chicos, cuando andábamos en el camino sin haber leído a Kerouac, corríamos hasta alguno de los puentes para ver al tren alejarse allí abajo. Hasta que el progreso llegó, y se llevó al tren para siempre, y se llevó los puentes, y se llevó los túneles. Por eso, hoy la calle Nueva York comparte con el aire, que le permite respirar, una extensa plazoleta llamada José Martí que tiene algunos bancos de cemento y árboles de escasa edad, pero que alcanzan a cubrir en siestas de verano algunas conversaciones de mujeres materas que se sientan en sillones playeros para tal fin.
Cuando el flaco Bonifacín dijo que tenía que ir a la casa de su abuelo, en la calle Nueva York, a buscar una parrilla que necesitaba para hacerle un asado a una prima de su mujer que cumplía los cuarenta y, curiosamente, tenía ganas de celebrar, le dije que yo lo acompañaba. El sábado por la mañana, me pasó a buscar con su renoleta azul. Me contó en el camino, no el libro de Kerouac, sino la historia de su abuelo, sintetizada por supuesto. Me dijo que su abuelo fue uno de los gestores, a través de la Asociación Vecinal, para que le pusieran ese nombre a la calle, porque soñaba con irse a vivir a Norteamérica y quería ir entrando en clima ya con su domicilio. Lo cierto es que el viejo se fue con toda la familia y se puso un bar en el west side de New York, vamos a mencionarla así para diferenciarla de la calle. Un día llegó al bar, que ya había alcanzado popularidad entre bohemios y soñadores del submundo americano, una vieja y conocida actriz del cine mudo de Hollywood, y doña Gabina, la abuela del flaco Bonifacín, los pescó, in fraganti, recostados en la cocina prodigándose excesivo cariño. Doña Gabina le reprochó que unos meses atrás el abuelo había echado a trompadas a Nat King Cole, porque le había mirado el culo cuando ella pasaba con una bandeja, así que preparó sus maletas, tomó a sus niños de dos y cuatro años y se vino a Rosario nuevamente. Doña Gabina intentó por todos los medios, sin resultado alguno, que le cambiaran el nombre a la calle, hasta que sufrió un paro cardio-respiratorio y se fue para siempre. Los padres del flaco le escribieron a don Demóstenes Bonifacín, el abuelo, y lo convencieron de que ya, a su edad, debía vender el bar y venirse a Rosario a pasar sus últimos años en familia. Don Demóstenes dijo que se lo vendió al dueño del Tom’s restaurant, reducto donde Suzanne Vega escribió “Tom’s diner” que grabó a capella y que resultó el tema experimental con el cual desarrollaron el mp3. y del cual eran habitués Seinfeld y sus amigos mientras duró la serie. Lo cierto es que nunca se supo la verdad, porque el abuelo no conservaba ningún papel que lo certificara.
El propio don Demóstenes, con sus noventa y nueve años a cuestas abrió la puerta, se abrazó con el flaco y me miró como a un bicho estudiado en la NASA. Contale, abuelo, dijo el flaco, después de presentarme. Don Demóstenes me dijo que extrañaba el bar de New York, que él armaba shows con cantantes que recién comenzaban y que nunca le agradecieron del todo. Se tomaba el rostro arrugado y fresco de tanta vida vivida e intentaba recordar algunos nombres. Por ahí, se acomodaba los anteojos, meneaba la cabeza y decía: … yo le di lugar a ese chico Dylan, que había venido del campo con un apellido tan largo que le ayudé, buscando en la guía telefónica, a cambiarlo y tuvo fama en todo Norteamérica. Yo le di la posibilidad a una niña tímida que vestía como una monja de clausura, para que mostrara sus canciones. Una tal Su… Su… Suzanne, de apellido latino, Vega, o algo así. Y también, muchacho, le di la oportunidad a un plomero que vino a arreglarme una canilla del bar y que tarareaba temas que me gustaban por esa época. Era un tal Johnny, John, no… era Joe Cock o algo así. El flaco, que ya había encontrado la parrilla y la llevaba hacia la renoleta, dijo al paso: Joe Cocker, abuelo. Ése, gritó don Demóstenes, cantaba muy bien “With a little help from my friends”, la cantaba con aires a vino tinto de Mendoza. El flaco me hizo una seña para que me despidiera. Don Demóstenes me abrazó y me rogó que volviera cuando quisiera. En la renoleta azul íbamos en silencio, por la calle Nueva York hacia Junín. Y yo iba pensando si tenía que seguir escuchando a un viejo mentiroso que cuenta cosas que quisiera que fueran verdad. El flaco me miró y abrió la pequeña guantera del coche. Sacó una foto, una postal, y me la puso en el tablero para que la viera. Estaba don Demóstenes con Bob Dylan, los dos abrazados y sonriendo, como si se burlaran de mí.

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Suzanne Vega, en el mítico Tom’s Restaurant

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