¿Dónde estás…?

El martes por la noche nos reunimos en la casa de Celio Raiter para comer un asado que, de acuerdo a la onda del momento, no contuviera un sólo gramo de cerdo. En la charla previa, Raiter tiró que el tema central iba a ser un libro de Stieg Larsson que acababa de leer; a lo que repliqué que podríamos charlar acerca de Blade Runner, la película de Ridley Scott que vi el domingo en versión del director, en una copia estupenda; a lo que se sumó la tristeza de Marquitos por no haber podido conseguir una de las dos mil entradas para ir a Córdoba a ver a Central contra el pirata. Sin embargo, quien condimentó la previa fue el flaco Bonifacín, encargado habitual, y oficial si se quiere, de la parrilla. El tipo se viene con su equipo de hierro y madera, que conforman desde tenedores especiales hasta tablas degustadoras de lo que va saliendo calentito de lo que él llama la revolución del carbón y la leña, y prometió un trabajo finísimo.

Raiter vive en Arroyito, a un par de cuadras del Parque Alem, con su madre, una santa que saluda a los recién llegados, se toma su platito de sopa con crema y se encierra en su dormitorio a ver documentales por televisión. Marquitos viene en bicicleta desde Provincias Unidas y Mendoza, allá por la gloriosa zona oeste, gloriosa en épocas de carnavales del club Nueva Era. Y el flaco Bonifacín viene de Casiano Casas, donde vive con su mujer y sus dos hijos, aunque no los trae porque dice que los pibes hacen un batifondo tremendo. Tiene un Fiat Spazio blanco con un baúl repleto de herramientas para preparar un buen asado. Me había llamado al celular para comentarme que la cosa venía bien porque llevaba a su mujer a la casa de la hermana que se había mudado hacía un mes al barrio Sarmiento, la dejaba allí y se venía con nosotros a preparar el asado.

Yo llegué primero, saludé a doña Clelia, la mamá de Celio, que me contó que ese martes cumpliría cuarenta y seis años de casada con don Cleto, el papá de Celio. Así, inmersa en un mar de melancolía se puso a preparar su sopa. Al momento, llegó Marquitos que saludó y le pidió a Raiter que le abriera el pasillo para ingresar la bicicleta. Luego de esa operación, Raiter dijo que tenía el comedor acondicionado. Había puesto su equipo de música con un c.d. de Clapton a bajo volumen, cosa que mientras charlábamos nos acariciara los oídos. Raiter dijo que había tendido un toldo para que el flaco no sintiera tanto el frío de esa noche, mientras traía una picadita con una botella de cerveza. Quiso meter el tema del libro de Larsson, pero Marquitos lo desvió hacia lo que escuchábamos de las 24 Nights de Clapton. Ya eran las nueve, cuando pensamos que de un momento a otro llegaría el flaco Bonifacín. Recibí un mensajito de texto que decía: ya estoy en el coche, en diez nos vemos. Raiter comentó que lo de Larsson no tenía nombre, que había terminado de escribir la serie Millenium y, cuando se la aceptaron en una editorial, lo alcanzó la muerte, y detrás el éxito de los lectores, el único y auténtico éxito. Ya eran las nueve y media, Raiter comenzó a contar el argumento del libro que le había quitado el sueño y que nos sugería leyéramos ya mismo. Ya eran las diez y cinco, y una preocupación comenzó a inundar la reunión. Marquitos dijo: no lo presionemos, che, capaz que se olvidó algo en la casa y tuvo que ir a buscarlo. Si la carne está toda acá, dijo Raiter, ya la salé, está toda lista, sólo falta tirarla en la parrilla. Les conté lo alucinado que estaba después de varios años de no ver Blade Runner, que había soñado dos noches seguidas con Daryl Hannah, que corrí a la red a ver los guiones, la polémica entre Harrison Ford y el propio Scott, que para mí el tipo era un réplico, y así vimos en el reloj que eran las once y cuarto. Ahí sí, llamé al flaco Bonifacín, que para eso están los amigos, a ver si chocó o le pasó algo a alguno de los chicos: hola, flaco, ¿dónde estás…? No sé, Raulo, hace una hora y media o dos que estoy dando vueltas en círculos, ahora estoy en Paso de los Patos, a ver, Damas Mendocinas… pero, por acá ya pasé, ahí viene Uspallata, y no encuentro Rondeau, che, ésto es el triángulo de las Bermudas. Le dije: agarrá Siria. Pero es contramano, me gritó al borde de la desesperación, y agregó: esa mina, ¿no podía mudarse a otro barrio? Le dije: tranquilo, yo instalé teléfonos por ahí, agarrá Matorras, sea mano o contramano, es caso de vida o muerte, y dale derecho hasta Rondeau. El flaco hizo una pausa que me agotaba el crédito de la tarjeta, hasta que por fin, en un fraseo que exhalaba una alegría postapocalíptica, me dijo: ahí está, ahí veo las luces de Rondeau, ahí voy, che, ahí voy.

A las doce menos veinte sonó el timbre. El flaco Bonifacín saludó rápidamente, con aires de asador eficaz, portando sus herramientas en una bolsa de tela, y caminando hacia el patio de Raiter. Movió la cabeza hacia ambos lados cuando percibió toda la carne sobre las brasas. Sacó las herramientas, y se puso a dar vueltas las morcillas y las porciones de vacío que nos hacían lamer mientras mirábamos las estrellas del este. Pidió disculpas y prometió dejar de comprar tantos mapas ruteros para adquirir un buen libro de historia argentina. Más tarde, cuando estuvimos sentados, brindando con vasos de tinto en nuestras manos, quiso hacernos creer que había preparado un asado para Daryl Hannah en un camping de la provincia de Buenos Aires en unas vacaciones lejanas, en ocasión de una frustrada filmación.

daryl

Anuncios