Noche en el Cortázar, y al día siguiente…

Después de recorrer varios sitios, de intentar hacerle comprender a Paco, en pleno Parque de la Bandera, que el pororó no podría hacerse con tecnología de punta, que así estaba bien, que el maíz calentito, servido de las manos de la dueña del carrito era una de las delicias que nos acompañaban desde la infancia, que caminar con una chica en la adolescencia con un paquete de papel rebasante de pororó en la mano era todo un logro, Raiter dijo que quería mostrarles tantas cosas, que el tiempo impedía conocer.  Cuando el sol caía llegamos al Cortázar.

Camila llamaba a Marquitos para que trajera el equipo de sonido para el concierto que iba a dar Any, en honor a los visitantes. Iba a la cocina y observaba la preparación del carlito y ponía mantelitos floreados en cada mesa. De pronto, el flaco Bonifacín tocaba bocina para que alguno de nosotros saliéramos a la calle. Salí para ver que traía. Me dio un micrófono y un pie, Any había dicho que tenía un reproductor y un c.d. con las pistas grabadas de los temas que ella interpretaba en sus presentaciones. Al rato cayó Marquitos con un amigo en un rastrojero, descargaron un par de baffles y un amplificador medianos que solucionarían la noche.

Mientras Raiter convencía a Ali de que el café temático ofrecía infinitas posibilidades de llegar al corazón de Julio Cortázar, Paco recorría con sus pies y su mirada cada rincón del boliche, se acariciaba con afecto su barba candado y repetía como si alguien estuviera pendiente de él todo el tiempo: no está mal esta porquería, no está nada mal, coño.

Con Marquitos armamos el escenario a un costado de una parrilla de luces dicroicas que apuntaban hacia un grupo de fotos de don Julio tomadas por Sara Facio. La paramos a Any frente al micrófono para mover algunas lámparas, como para darle clima adecuado de recital intimista. Llamamos a cuanto amigo pudimos para llenar el local y dar la impresión correcta de movida rosarina. Llamé a Vivi para que venga con Angeles aunque tuviera que terminar la tarea del colegio. ¿Y con la milanesas qué hago? Traelas, las cortamos en trocitos y la ponemos en nuestra mesa como picada. Muchos respondieron al llamado, fueron cayendo masivamente, Marcelo V., Malu, Ro, Susana R. y el sitio se fue llenando de escritoras, escritores, plásticos, músicos, vinieron los muchachos de QLM, grabador en mano para hacer una nota. Ale G. le preguntó a Paco a qué se dedicaba y cuando éste le dijo: a la tecnología de punta, aquel le replicó: de punta del este o de punta mogotes, y descargó una estruendosa carcajada de esas propias de él que están registradas en los expedientes de interpol. A Ali y a Paco los sentamos en la primera mesa, junto a Raiter y doña Clelia que llegó con una vecina en el 153. Todos estaban distribuidos en las otras mesas cuando Camila y Aurora Bernabé comenzaron a entrar con bandejas de carlitos, luego trajeron gaseosa y cervezas que no estaba bien claro quién iba a pagar. Cuando Paco vio su carlito exclamó: ¡Vaya tostado de porquería éste! Carlito, dijo Raiter, así sin “s” final, carlito. Paco tomó una porción y mordió con desconfianza, masticó, tragó y dijo: pues, está apetecible, coño. Ya todos contentos y tranquilos porque el petiso había aprobado la cena de esa noche, Any se arrimó al escenario y anunció el primer tema: voy a hacer “Aquellas pequeñas cosas”, de Serrat, en homenaje a nuestra visita. Hubo aplausos y Paco se levantó inclinándose hacia el resto del público a modo de saludo. Any cantó y brilló con su cautivadora voz. Hizo algunos temas más y cuando iba a anunciar el último, se levantó Ali con su flauta traversa y le habló al oído a Any. Hicieron “Rasguña las piedras”, de Sui Géneris, que tuvo una recepción emotiva, logrando que Paco dejara de acariciar su barba candado para acompañar con las palmas de sus manos. Luego del solo de Ali se notó, a raíz de la dulce traición de la dicroica que apuntaba a su rostro, que le caían lágrimas dispuestas a recorrer libremente sus mejillas. Camila detuvo su ir y venir cuando vio con asombro que junto al marco de la puerta estaba apoyado el barbado muchacho de blanco que coreaba la otra noche en la terraza vecina a Raiter. Any también lo vio, y mientras recibían una ovación de pie, Marquitos y yo corrimos a las llaves de las luces. Las encendimos y cuando todos se sentaron y los aplausos se fueron apagando lentamente, vimos que ya no había nadie junto a la puerta. Any y Camila juraban lo que vieron. Nosotros les creímos y el resto de la noche, entre charlas dispersas por la multitud, no pudimos evitar pensar en ese personaje que algún día, o noche, tendríamos que saber quién es.

Al día siguiente, terminamos de despedir a la prima Ali y a su marido que, al subir al colectivo no hacía otra cosa que repetir: qué horas de porquería nos han hecho pasar, los aprecio. Giramos una vez que se alejó del andén el doble piso y decidimos ir a tomar un café a uno de los bares de la Mariano Moreno. Dimos dos pasos y encontramos a Nadio Marchetto, un muchacho que se reunía con nosotros en aquella asociación cultural “Bohemios del 2000”, que funcionó allá a fines de los ochenta. Nos reconoció enseguida, nos saludó abriendo los brazos y cuando le preguntamos en qué andaba nos disparó su monólogo: y en qué voy a andar, en la lucha, si otra cosa no se puede, escribo, sigo escribiendo, como ustedes, seguramente, escribo ensayos acerca de las cualidades apocalípticas de nuestro país. Porque esta vez nuestro país se hunde del todo, che, ya no da para más, el papel está caro, por eso escribo sobre las facturas de las compras, los recibos de los negocios, salgo a pedir, saben que soy hombre de cultura y me dan. Y guardo, guardo en el cajón, para qué voy a mandar a alguna editorial, para que se la den a esos tipos que pagan para que lea y si es conocido tuyo y te envidia, te pone un cero en el informe y te manda al ostracismo, no, para que voy a mandar. Pero escribo, esperando la oportunidad. Y mientras tanto, atiendo la mercería de mi vieja, con eso y con la pensión nos arreglamos, me compro algún libro en mesas de saldo, tomo nota de los comienzos de los libros, eso es importante, para enganchar al lector es importante un buen comienzo. También escribo cuentos y novelas. Una novela terminada tengo, la mandé a un concurso importante, sí, como me salía un fangote de plata, les mandé el primer capítulo solamente, ¿para qué más? si les interesa, te van a llamar inmediatamente. La cosa es así, che. No se puede perder más el tiempo, todo está muy confuso, sino miren, vean las tapas de los diarios, ¿ven? Se cae el mundo, se caen las bolsas, en Europa y el efecto dominó, yo me río, ya estoy escribiendo acerca de eso, me hacen reír con estas historias financieras, si los que estuvimos mal siempre, lo vamos a estar con bolsa en alza o sin bolsa en alza. ¿O vos creés que cuando la bolsa da ganancia alguien levanta el tubo y te dice, che, te pago tus próximas vacaciones en Hawaii? Noooo, a mí no me agarran más, que se hunda todo, y tienen miedo. Yo escribí una teoría acerca del fin del mundo en el 2012. No es que la Tierra se va a hacer mierda. Lo que se va a hacer mierda es el sistema en que vivimos. Todo está confuso, la gente ya no cree en sus compañeros de trabajo, no respeta a sus vecinos, no pone el guiño en el coche al doblar, los pibes, en el boliche, bailan entre ellos, no se arriman a una mina para seducirla. Las chicas se odian entre ellas, sin siquiera haber discutido una sola vez y te dicen, es cuestión de piel, ¿es racismo encubierto? No, no, sí, sí, hay mucha confusión, a mí me dejó mi mujer, porque dice que no soy optimista, ¿se puede ser optimista cuando salís a la calle un día de lluvia y, además de la melancolía en la que te sumerge, te salpican los conductores que van apurados al cadalso? Ella decía que yo escribía y no mostraba, que así no iba a llegar a nada, quería que nos compráramos una combi usada y destartalada y nos fuéramos a recorrer el mundo. Cuando yo le dije que no soporto el mundo cuando salgo a la calle, menos recorriéndolo, agarró su ropa, sus discos, porque le gustaba la música hippie, tipo James Taylor, Joan Báez, y se fue al carajo. Un día me llegó la carta de una abogada que después me enteré salía con ella y se consumó el divorcio. Ya está todo podrido, che. Miren las revistas, las tapas no tienen más arte que minas en tetas, pero sin filosofía, porque vos te acordás, Raiter, cuando éramos chicos y espiábamos a tu prima Ali mientras se duchaba para verla en tetas, nosotros filosofábamos acerca de la vida que nos esperaba, ahora no, está todo muy confuso, cómo va a filosofar un pibe que no sabe qué se conmemora el 9 de julio, que cree que Cabral es un delantero de un equipo de fútbol, o que cree que el Martín Fierro es sólo un premio para tilingos que salen por televisión. Sí, está todo muy confuso. Che, ¿en qué andan? ¿se siguen reuniendo a charlar, a proyectar algo? Yo vine a despedir a mi tía Eulalia, que vive en San Genaro hace como veinte años. Ah, en el Cortázar, los sábados a la mañana. Bueno, voy a ver si me pego una vuelta un día de éstos. Me alegro haberlos visto, che. Los dejo porque tengo que abrir la mercería, porque mi vieja hoy va a la oftalmóloga. Nos vemos pronto, che.

parana

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