La prima Ali

Fue una tarde vertiginosa. Nunca antes me había hablado Raiter de su prima Ali, por Alicia, por supuesto. Por eso, por ese entrañable recuerdo que Raiter nos expuso el sábado anterior en el café Cortázar, hicimos lo que pudimos. Raiter recibió un e-mail de su prima, con la cual se contactaba desde hacía unos meses. En pocas líneas le comunicaba que extrañaba la ciudad, y que vendría con su marido a la Feria del Libro de Baires, así que le gustaba la idea de hacerse una escapada hasta Rosario. Raiter nos contaba que ya no quedaban rastros de los padres de Ali, su madre era prima lejana de doña Clelia, y su hermano Antonio, Tony en los e-mails, había emigrado hacia yanquilandia con ínfulas de cantante country y nunca más se había sabido de él. El tema, como se imaginarán, era armar una bienvenida a la prima Ali. Raiter contó, entre otras cosas, que Ali era una chica tímida, retraída, que sólo se permitía jugar con él los juegos que la gente juega a la edad en que ellos los jugaban. Así pasaron por su infancia juegos de mesa, juegos de plaza, juegos de vereda, y juegos de cama, hasta que la adolescencia y las obligaciones escolares fueron separándolos sin que se dieran cuenta y cuando abrieron bien los ojos, ella le había dejado una carta donde decía que había sido becada para ir a estudiar música a Barcelona con el profesor Blay Montserrat, eximio pianista y adicto a la hierba, decían las revistas sin especificar el tipo de hierba. El marido de Ali era un escritor de libros de ingeniería futurista, y venía a presentar una colección de la editorial Don Francesc, destinada a estudiantes de carreras con orientación hacia tecnologías de punta. Si tenemos en cuenta que un lápiz funciona con tecnología de punta, podríamos deducir que este escritor abarcaba un área muy amplia. Por ende, también nos intrigaba la presencia de Paco Mc Fool, hijo de una catalana y un técnico escocés.  Lo cierto es que Raiter expuso su idea de lo que deseaba: pedirle al flaco Bonifacín que fuera con la renoleta azul a buscar a Ali y a su esposo a la terminal de ómnibus, hacerle un city tour de unos cuarenta y cinco minutos por lugares renovados de la ciudad y recalar en el Cortázar donde, si la dueña, doña Aurora Bernabé, lo permitía, Camila armaría una recepción con café, unos carlitos, una gaseosa, y un concierto intimista de Any, con canciones del rock nacional de la época en que Ali y Raiter jugaban a los juegos que la gente juega. Como el flaco Bonifacín tenía que llevar a su mujer para hacerse una ecografía en un instituto de alta complejidad, recién estaría disponible una hora después de lo previsto. Así que fuimos con Raiter a la terminal en el horario convenido y vimos cómo estacionaba el colectivo y cómo bajaba gente sin que pudiéramos identificar a nadie que se pareciera a la prima Ali, según la descripción de Raiter. Allí en el andén, lo más parecido a la foto que había recibido por e-mail, era una pequeña muchacha de cabellera enrulada, anteojos gigantes, un bolso negro y una flauta traversa entre sus labios que entonaba el “Tema de Rosario”, de Lalo de los Santos, y a su lado un hombrecito semicalvo, con barba candado, y una laptop sobre sus muslos en plena actividad de soy un escriba muy ocupado. Nos acercamos, nos presentamos y la prima Ali se abalanzó sobre Raiter al grito de Paco, Paco, este es mi primo del que tanto te hablé, ahora escribe novelas. Así que escribes, coño, decía Paco, mientras Raiter trataba de bajar decibeles y aclaraba que trabaja en una fábrica de vainillas como electricista, y que sólo en sus ratos libres escribe novelas. Ali estornudaba reiteradamente, mientras afirmaba que era la humedad, primero porteña y después la humedad rosarina que juraba no extrañar en sus años barceloneces. Me he enterado, decía Ali, que mi ciudad ha cambiado un montón, que es la barcelona argentina, hay una movida muy grande de arte y cultura, repetía mientras mojaba su pañuelo al apoyarlo en su nariz. Sí, subrayaba Paco, yo también me he enterado, coño, y queremos participar de alguna movida en nuestra corta estadía. Raiter me miraba con desesperación, mientras yo señalaba hacia adelante y decía: allí está el flaco, él será nuestro chofer. Le presentamos al flaco Bonifacín, el mejor asador de Rosario, dijimos. Salimos y subimos como pudimos a la renoleta azul. Adelante iba Raiter y atrás los visitantes y yo. Paco, en un gesto por reafirmar su simpatía dijo en referencia al vehículo: todavía se usan estas porquerías por acá. El flaco puso su mano en la llave de encendido y Raiter señalando al costado dijo: éste es el Patio de la Madera, un centro de convenciones, donde se hacía habitualmente nuestra Feria del Libro. Ahora vamos a conocer la costanera y pasaremos por casa para que mamá te salude, Ali. Bárbaro, primo, pues necesito darme una ducha, dijo y se puso a soplar la traversa.

terminal-de-omnibus

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario