Primera novela

Se sentó en una silla de madera y paja, como las que tenía en el patio de la casa de su abuela. Se sentó al revés, contemplando el río, con los brazos apoyados en el respaldo. Con un vaso en una mano, conteniendo la cerveza helada y espumosa; con el cigarrillo en la otra mano, y el indefinido placer de verlo consumirse entre sus dedos, lentamente, como el milenio que se estaba yendo.

Vio los fuegos artificiales y los cohetes que surcaban el cielo para terminar sumergidos en las aguas calientes. Escuchó durante algunas horas las explosiones, hasta que fueron diluyéndose en la noche eterna. Cuando cundió el silencio, comenzó el examen de su memoria…

Con la primera claridad, dejó de recordar. Se levantó de la silla. La acercó a una antigua mesa sobre la cual había dejado papel en blanco. Escribió las primeras líneas sabiendo con certeza que nacía su primera novela, que debía inventarse otra historia de su vida y que, si aquella predicción gitana se cumplía, lo atraparía en plena búsqueda de eso que algunos llaman felicidad.


Borrador distópico

Están huyendo hacia las alcantarillas de la ciudad. Si logramos taparlas y que queden allí para siempre, veremos el sol brillar aunque sea de madrugada, me dijo. Corrí detrás de Raiter que cada diez segundos me decía: seguime. De pronto, un remolino de viento del sur nos dejó con los pies en el aire y, a la altura de nuestro Café Cortázar, se abrió una alcantarilla que nos devoró literalmente. Seguí corriendo, siempre detrás, pisando aguas servidas, cucarachas y ratones vagabundos que habían perdido la calma de esas horas. Cuando Raiter detuvo su frenética marcha, me hizo una seña de silencio que pude ver merced a un rayo de luz que penetraba displicente por uno de los respiraderos de la tapa que teníamos sobre nuestras cabezas. Acá comienzan las puertas, están todas entreabiertas, pero si se cierran de golpe no se abrirán nunca más. ¿Cómo lo sabés, Raiter? Lo soñé hace un tiempo, sólo que rogaba que no ocurriera lo que ocurrió. Raiter extrajo de uno de sus bolsillos una birome linterna de ésas que venden en los colectivos por dos pesos. Había que golpearla para que funcionara más o menos bien. La primera puerta entreabierta nos dejó ver muchas cosas. Seguimos caminando, sigilosos. Un susurrante clamor comenzaba a oírse desde afuera, aunque no se percibía nítidamente el mensaje. Raiter voló con las suelas de sus zapatillas hacia delante y golpeó la puerta con fuerza inclaudicable, hasta que se cerró para siempre. Cuando cayó se mojó el culo con el agua que recorría ese túnel. Está bastante fría, me dijo. Seguimos caminando hasta que detrás de la siguiente puerta se oían voces. Nos asomamos con cuidado, vimos más cosas. Tomamos aire, apoyados en la pared. Raiter luchaba con la birome linterna para que encendiera y nos guiara en el camino estrecho que nos faltaba para terminar la misión. Llegamos, con éstos terminamos, y salimos a la calle, che, me susurró Raiter. La puerta estaba entreabierta, y la luz mortecina no permitía ver las caras, pero un cartel de neón en el fondo nos confirmaba que allí estaban sus líderes. Raiter me hizo una seña, porque había empezado a forzar la puerta, pero costaba cerrarla. Me puse a un costado, estábamos cansados, pero dejamos toda nuestra fuerza para esta última jugada. La puerta empezó a moverse hacia dentro y logramos empujar rápidamente, hasta cerrarla para siempre. Raiter me tironeó de la camiseta, indicándome que lo siguiera. Ya estamos cerca del final, o del principio, me decía mientras caminábamos esquivando a ciegas los últimos bichos subterráneos, a la vez que el clamor tomaba consistencia y comenzaba a adquirir nitidez. Nos detuvimos bajo la tapa que dejaba entrar un tenue rayo de luz. Un remolino nos envolvió, se abrió la tapa y salimos por la fuerza del viento que nos impulsaba el corazón caliente de un guerrero, hasta que de pronto nos encontramos caminando por un bosque frío, buscando lo que quedaba de nosotros.