Aquel autor nórdico

Le tomó las manos con infinita ternura. Era el único que le llamaba Flor, por Florencia. Y ella se sentía diferente cuando estaba con él, por diversas razones, entre las cuales estaba el hecho de escuchar su nombre abreviado.

-Leí todo el libro de cuentos que me prestaste.

-Es buenísimo. Mi tío lo tenía en su biblioteca desde siempre.

-Tomé nota del autor, por si me cruzo en el camino con otro de sus libros. Lüar Nömar. ¿Es nórdico?

-No lo sé. Es una pena que la edición no contenga sus datos.

Flor levantó el pocillo sin dejar de mirar los ojos de su pareja. En su rostro se reflejaba la alegría del encuentro, como si la hubiera sacado de una rutina siniestra. Él le miró la mano que tenía entre las suyas, las uñas pintadas con suavidad, de un rosa pálido, los dedos finos y pequeños denotaban su fragilidad. Recordó el comentario que una vez le hizo la madre de Flor. Le había cambiado la vida para siempre.

-El libro es de los años ’70.

-Sí, sí, los cuentos son muy actuales. Los he leído tres o cuatro veces.

-Hay dos que me impactaron particularmente.

Flor se refería a la historia de un hombre, de unos setenta años, ya jubilado de su actividad en una compañía de seguros, apasionado lector que compra best-sellers de veinte años atrás. Va a la hemeroteca de la Biblioteca Pública, busca un diario de aquellas épocas y lee en el suplemento cultural la lista de best-sellers correspondiente, para conocer el primero de la lista. Luego se lanza a una librería de saldos y trata de conseguir ese título. Hasta que en un momento del texto, por azar o por la pericia del autor ¿nórdico?, comienza a buscar una novela que con el tiempo se le hace difícil de obtener. En el último párrafo del cuento, el hombre que compra best-sellers encuentra una reseña de ese título. Trata de un hombre que lee best-sellers de veinte años atrás.

-No creía, Flor, que ése era uno de los cuentos que más te iba a gustar.

-Hay otro que también me encantó.

Ahora Flor hablaba de la historia de un hombre que vive en un callejón habitado por vecinos grises que han perdido sus esperanzas. Un día cualquiera se le enciende la neurona que le tira una idea que le cambia la vida para siempre. El hombre decide escribir un libro de autoayuda que revela una martingala para ganar la lotería. Él mismo lo encuaderna y lo vende en la esquina del callejón que da hacia una avenida muy concurrida. Lo vende sólo a un peso (según la traducción). Busca recaudar lo suficiente para comprarse un arma que le ayude a concretar su suicidio. Y está a punto de lograrlo, hasta que aparecen algunos compradores del libro para agradecerle porque han ganado la lotería. Finalmente, todos los ganadores se reúnen y lo matan de amor festejándole un cumpleaños que nunca tuvo.

-Sí, Flor, ése está buenísimo.

Flor hizo una pausa en la que se contemplaron en silencio. Terminaron de beber los cafés cortados con leche. Flor le recordó que pronto le contaría de su proyecto laboral. Él cumplió su palabra. Le habló del proyecto del puesto, de lo seria que era la propuesta, que iba a generar trabajo para varias personas y, sobre todo, que ya estaba en vías de concretarse. Flor lo tomó con entusiasmo y le deseó la mejor de las suertes.

-¿Y el dinero?

-¿Qué dinero, Flor?

-El dinero para la inversión. ¿De dónde lo vas a sacar?

-Hay un tipo que no conocés, que es gerente de una compañía. Anda con ganas de invertir en un proyecto como éste. Y necesita gente de confianza que trabaje en el lugar. El 2002 está difícil. Seríamos socios. Él pone la guita, nosotros el trabajo.

A Flor le sucedían esos momentos en que preguntaba y preguntaba, y su amor debía estar entrenado para responder y responder.

-Ahora tenés una deuda menos conmigo.

-¿Una deuda menos?

-Me contaste sobre el proyecto laboral. Pero aún no cumpliste con otra promesa.

Él la observaba con preocupación. Aunque no tenía nada que ocultar frente a ella, temía lastimarla con alguna promesa incumplible. Levantó sus cejas como preguntando qué promesa.

-Algún día me vas a llevar a tu barrio, ¿no?

Él sonrió apenas. Le dijo que sí, que pronto la llevaría a conocer su casa. Que todo era cuestión de tiempo para prepararla. Todo el material que iba a encontrar en esa casa, los personajes que caían de visita de imprevisto, y el tiempo que se quedaban podrían dejar perpleja a Flor. Sentía que debía prepararla y se lo dijo. También le preguntó si quería tomar otro cortado con leche. Flor dijo que era suficiente, gracias. Aclaró que quería ir a ayudar a su mamá con el almuerzo.  Él llamó a la camarera y con amabilidad le pidió que le cobrara. Pagó con un billete de dos pesos y una moneda de veinticinco centavos que le dejó de propina. Se levantó. Rodeó la mesa y se paró detrás de Flor. Tomó los puños con ambas manos y giró la silla de ruedas hacia la parte despejada de la vereda. Bordearon la plazoleta y, mientras empujaba,  pensó que su destino era empujar y empujar. Antes de llegar a la casa, le dijo a Flor: tenemos que conseguir otro libro de aquel autor nórdico.

aquel autor nórdico

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