Centro Cultural, buenas tardes

Hace exactamente un año, el 21 de julio pasado, mi relato “Centro Cultural, buenas tardes” obtenía el Primer Premio en el Certamen de Relato Breve organizado por la revista y editorial española “Las nueve musas”. A modo de celebración, les comento algo que sucedió durante la aparición de esta pandemia y de la cuarentena que estamos llevando a cabo para combatirla. Lo que sucedió es que mi prima, Ana, me invitó a incorporarme a un grupo de whatsapp llamado Te Leo, coordinado por Adriana, que me recibió muy bien. Te leo, es un grupo creado con la idea de acompañar a gente que está encerrada desde fines de marzo y que necesita escuchar historias para sobrellevar ese encierro. Lo maravilloso de todo esto, es que en el grupo hay mucha gente inquieta, con ganas de hacer cosas con las historias que andan dando vueltas, y algunas de esas cosas es que se recitan poemas, se narran cuentos y se arman audioteatros. Y algo hermoso que sucedió por estos días, es que varias voces, grabadas desde sus casas, con tecnología limitada pero con enormes ganas de transmitir emociones, dieron vida a los personajes de “Centro Cultural, buenas tardes”. Agradecido estoy de que haya ocurrido esto. Pueden escucharlo haciendo “click” en la flecha de avance de la reproducción, aquí mismo. Ojalá lo disfruten!

 

 

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El imprentero de Breslavia

Hacía muchos años que volvía de su trabajo en bicicleta, recorriendo la margen del río Óder, pasando por el Rynek, con la ansiedad por llegar pronto a su casa. Allí lo esperaba ella, su compañera, que había perdido la vista hacía tantos años que su manejo de la casa era correcto, si lo hacía sin apresuramientos ni torpezas.

Él trabajaba en una imprenta. Toda la vida trabajó allí. Y cuando quedaban algunos pliegos con pequeñas fallas, que debían arrojarse al recipiente de residuos, él tomaba algunos, los que consideraba interesantes, para llevárselos a su casa y poder leérselos a su compañera. Y en ese melancólico espacio que quedaba entre la merienda tardía y la cena, él leía una historia, un cuento o una nota de revista.

Aquella tarde, apurado por salir, porque tenía que pasar por la panadería para recoger un postre que había encargado el día anterior, para celebrar el cumpleaños número cuarenta de su compañera, se llevó los pliegos, levemente manchados, del libro de cuentos donde un ignoto escritor sudamericano, en perfecto castellano, narraba una historia que transcurría en una no menos ignota ciudad argentina, a la margen de un río.

Él se dio cuenta del error. Sin embargo, leyó en perfecto polaco aquella historia, sin tener la menor noción de lo que traducía a través de su imaginación:

—El día amaneció húmedo, como siempre en esa época del año. La gente iba a cumplir con su rutina, caminando o en bicicleta, absorbiendo con sus sentidos el aire generoso que provenía del río, tan grande, que parecía un mar.

Ella interrumpió la lectura con una apreciación:

—Se parece mucho a nuestra ciudad.

Él respondió:

—Sí, puede ser.

Luego, sonrió algo incómodo, sin imaginarse que esa traducción que estaba inventando decía, letra a letra, exactamente, lo que expresaba el ignoto autor sudamericano en su ficción original. Posó su vista en el pliego, y continuó leyendo.

Wroclaw, Poland (Breslavia, Polonia)