El callejón de las no verdades

     El tipo había decidido apartarse del mundo con sus libros y sus discos en un bolso. Caminó hasta la zona oeste de la ciudad donde le habían dicho, en una madrugada de borrachera en el café Cortázar, que si lo hacía de noche podría encontrarse con el callejón de las no verdades que sólo tenía una cuadra de extensión, una ancha calle de césped con árboles en sus veredas y una soledad que le permitiría encontrarse a sí mismo. El tipo intuía que ella no lo perdonaría, porque justo en el momento en que todo estaba bien, él, vaya a saber por qué causa, si es que existía alguna causa, había arrojado todo por la borda. Había decidido dejar su trabajo, para dedicarse a la música y a la literatura, pero no para grabar un c.d. y escribir un libro, sino para escuchar los c.ds. que se había comprado durante años y para leer los libros que había conseguido en otra tanta cantidad de años. Por eso le interesó lo del callejón de las no verdades, porque creyó que era el lugar indicado para concentrarse, para disfrutar de esos momentos, con la espalda en el césped y la mirada en las estrellas. Y así, pensó, volver cambiado, con nuevas perspectivas, para convencer a ella de que todo eso era lo mejor para los dos. Aquella vez, llegó y se instaló en el lugar. Notó que no había enchufes para su reproductor de c.ds. y notó que la luz no era suficiente para leer libro alguno. Se recostó en medio de la calle, silenciosa, acogedoramente extraña y allí se quedó repasando frases de novelas que lo habían hecho feliz y susurrando canciones que había escuchado hasta el cansancio durante toda su vida.  Pensó en ella. En cómo la encontraría al volver a verla.

Viejos apuntes para ficciones que vendrán

Me gustaría que recordaran, como yo, esa noche de sábado de agosto, de 1985, cuando fuimos a una disco de Casilda: Arquus. Llegamos temprano, en uno de los colectivos «Los Ranqueles», casi al atardecer cuando aún lloviznaba y fuimos a tomar algo en un bar frente a la plaza principal, cuyo nombre no recuerdo ahora, a un costado de la avenida Buenos Aires. Allí cruzamos miradas intensas. Ella era alta, silenciosa. Había venido del lado de la vieja estación de trenes. Por eso pude acercarme en la disco, porque sus amigas, creo que eran sus amigas, se estaban divirtiendo con un grupo de muchachos y ella estaba sola sentada mirándome. La semana anterior, yo había comenzado a leer un libro de Marsé y en medio de la charla le añadí la frase que me sumergió en mi país de las maravillas: Si no tenés ganas de hablar, me parece excelente, me gustaría cuidarte detrás de un piano en una noche de tormenta. Y ahí, al toque, como si fuera un truco ideado para cine, se escuchó un trueno contundente y los relámpagos superaron los efectos de las luces de la disco. Ella me tomó de la mano, me pidió que fuéramos a su casa, ahí a pocas cuadras, donde tenía un piano de su madre, y yo, si recuerdan, les avisé y les pedí que se fueran en el Ranqueles de las siete. Luego, partí con ella. Pasé una noche inolvidable que no pudo borrarse de mi mente durante estos veintiséis años. Hubo música, ella tecleaba el piano con sensibilidad, y sus brazos alrededor de mi cuello y sus labios pronunciando frases que abrían nuevos rumbos. Vimos el amanecer y la tormenta que se iba para siempre.

Esperando bajo la lluvia – Steve Hanks