En la radio

Pequeños relatos que va leyendo, en este 2016, semana a semana, Nelson Benavídez en su programa “Esta es la Noche”, que va de lunes a viernes, de 20 a 24 hs por Cristal Classic 101.3.

-Gell, el conquistador-

Andaba por la noche, por las calles iluminadas de la ciudad, caminando sin hartazgo. Siempre con los audífonos tapando sus orejas, escuchando música, música, música. Su nombre era Rogelio, pero sus amigos le llamaban Gel, en obvia referencia a su peinado a lo rock de los ’50. Lo de la doble “L” en el final de Gell era una muestra de esnobismo o de referencia a tono con las melodías que escuchaba habitualmente. Solía escuchar baladas rockeras, bluseras o simplemente melódicas. Gell, no importaba qué canción estuviera escuchando en ese momento, si se cruzaba con una bella chica que le atrajera lo suficiente, impostaba la voz y, atrevidamente, era capaz de susurrarle al oído: You’re the one, you’re the one I need; intentando parecerse a Barry White. Había repetido ese truco infinita cantidad de veces, hasta esa noche. Esa noche en que se cruzó en plena peatonal Córdoba con una espigada y elegante mujer que también llevaba las orejas tapadas por dos audífonos. Ella, iba escuchando en la radio un programa de un tal Benavídez que acababa de anunciarle “Fly me to the moon” y no pudo contener la idea de tomar de las manos a Gell y llevarlo a bailar a lo largo de dos o tres cuadras, hasta que él se desprendió y cayó exhausto. Ella se agachó, lo miró el tiempo suficiente para que la enorme luna y las estrellas tomaran la foto se ese instante único.

-Esa cosa loca-

Qué belleza infranqueable la que produce el frío de la calle en fusión con la calidez de las canciones que emiten nuestros audífonos. El pavimento solitario que inventó el señor McAdam, se extiende gélido y oscuro a sabiendas de que va a brillar nuevamente al día siguiente. Las últimas luces de algunos comercios, nos dan lugar a curiosear sus vidrieras, como la de esa disquería que luce un viejo y desteñido poster de Carpenters, mientras suena en la radio “Top of the world”. Un café al paso aparece en nuestras manos antes de llegar a casa, mientras Gilbert O’ Sullivan se pregunta: ¿qué hay en un beso? Todo se va apagando mientras desciende el termómetro.. sólo se mantiene la música, esa cosa loca que alguien sin nombre inventó en os albores de la humanidad sin saber que nos salvaba el alma mientras estemos en la Tierra.

-Paraíso-

Me habían dicho que la anestesia podría ser potente, que podría generarme alucinaciones. Ya no aguantaba más esos dolores y la cirugía me aliviaría bastante, dijo el médico. Y así me vi en el quirófano esta mañana. Y todo ocurre tan rápido que se transforma en presente. De golpe me encuentro en ese bar, una especie de pub, con mucha gente y un escenario allá en el fondo, donde la banda empieza a tocar. Mis ojos se van acostumbrando a esa luz mortecina, y veo a ese tipo parecido a Louis Armstrong que lustra su trompeta con una franela, veo más acá a esa mujer gemela, podría decirse, de Ella Fitzgerald, veo a un costado a un flaco que es el calco de don Oscar Alemán, desenfundando su guitarra, veo en la mesa de al lado a una pareja que no cesa de beber el contenido de sus vasos, mientras ríen en una complicidad muy íntima. Se acerca el mozo, un pibe, y le pregunto quiénes son ellos, los vecinos de la mesa de al lado. Son Frank y Ava, dice el pibe mientras le pasa una rejilla a la bandeja metálica. Sinatra y la Gardner, pienso yo, y me tomo la cabeza. Este bar temático es fabuloso, le digo al pibe-mozo, que me mira y sonríe y al sonreír me recuerda a alguien. Le traigo una bebida invitación de la casa, me dice, y no se vaya que después canto yo. ¿Cómo te llamás? Le pregunto. Bobby Darin, me responde y sale corriendo al escenario para unirse al Louis que lustraba la trompeta. Los presenta un tipo parecido a Dean Martin. Hacen Mack the knife. Se unen Frank y Oscar Alemán. Es una fiesta maravillosa. No quisiera irme nunca, pero algo me empuja y una vez afuera, en una noche fría, llueven flores y es extraño, muchas flores caen sobre mi cabeza.

-Amores platónicos-

Se sabía en el barrio que don Alfonso ocultaba algunas cosas en su casa. Se sospechaba que ocultaba algunas cosas de su vida. Nunca nadie había entrado en su hogar, pero a nadie se le ocurría pensar que ocultaba algo malo, algo terrible, porque don Alfonso era esa clase de tipos a la antigua: educado, cortés, solidario. Pero ocultaba. Mi puesto en el cual vendía huevos de codornices y de gallinas, estaba a unos metros de un supermercado y muy cerca de la puerta de la casa de don Alfonso. Y esa tarde, cuando ya estaba levantando la mercadería para irme a jugar un partido de fútbol cinco con los muchachos, don Alfonso me llamó desde el umbral. Me dijo que me invitaba con un café y, dado el hecho de que era un hombre extremadamente cordial, no pude rehusar el convite. Me guió por un pasillo en penumbras hasta una sala de estar que tenía en el centro una araña con sólo dos lámparas encendidas. Las paredes de la sala eran la sorpresa. Estaban cubiertas de arriba hacia abajo por fotos de actrices del cine mundial: Sophia Loren, Giulietta Masina, Analía Gadé, Jeanne Moreau, Audrey Hepburn, Marilyn, la Olga Zubarry de “El ángel desnudo” y tantas otras, en blanco y negro, a color, pintadas a mano, definitivamente seductoras. Don Alfonso notó que mi mirada delataba mucho interés y me dijo: son mis amores platónicos. Y agregó: por eso nunca me casé, por culpa de mi madre que me llevó al cine siendo muy chico y en la vida real jamás conocí a ninguna chica que se les pareciera. Trajo el café con unas masas hojaldradas, nos sentamos en torno a la mesa y don Alfonso me disparó: ¿y vos, tus amores platónicos? Lo miré mientras revolvía el azúcar en el pocillo que humeaba lentamente. No, yo no. Tengo mucho cine, pero no, no tengo amores platónicos. Don Alfonso hizo un gesto contrariado y se sirvió su café. Luego se nos fue la tarde hablando de fútbol, del cine actual, y de la música de estos días. Cuando me fui, mientras caminaba por la estrecha acera del viaducto Avellaneda pensé que me había dado pudor admitir que muero por la Cecilia Dopazo que aparece en “Tango feroz”, esa encantadora muchacha que se muestra sincera mientras suena “Amor de primavera”.

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