Cortarse por adentro

      Salió a la calle buscando de reojo el Stud Free Pub. Lo llevaban en una silla de ruedas. Las enfermeras lo despedían con algunas lágrimas en los ojos. Las enfermeras de los últimos años, de los últimos meses, porque las que lo habían recibido, aquella lejana noche, ya no trabajaban más allí. Su hermana empujaba la silla para llevarla hasta la playa de estacionamiento que estaba a dos cuadras.

      —Te va a gustar cómo está nuestra casa ahora.

      —No puedo volverme a Rosario sin ver ese recital. No te lo voy a perdonar.

      Le costaba articular una frase. La rehabilitación a la que lo habían sometido en los últimos once meses había logrado notables avances en sus movimientos de brazos y piernas, pero su cerebro permanecía casi dormido.

      —Ya te vamos a explicar.

      —No quiero que me expliquen nada. Quiero verle la cara de felicidad a los porteños cuando escuchen a la banda.

      —Vamos, que nos espera Adrián en el coche.

      —¿Quién es Adrián?

      —Tu cuñado.

      —¿Tengo otro cuñado?

      —Sí, Adrián. Y le gusta la música, como a vos.

      —¿Qué música? ¿De la buena?

      —Mirá, ahí está Adrián.

      Adrián los había visto llegar, bajó del coche y abrió las puertas del baúl y una de las traseras. Cuando tuvo a Tato frente a él se apoyó con sus dos brazos en las barandas de la silla de ruedas.

      —Hola, cuñado. Costó, pero acá estás.

      —¿Costó? ¿Qué costó?

      —Adrián habla de todos los fines de semana que vino al hospital para cuidarte, para hacerte compañía y ponerte música en tus oídos.

      Tato se quedó con la vista fija en la línea amarilla del suelo.

      —Tanto quilombo por unas horas, unos días a lo sumo.

      —Adrián te puso música para que estés de nuevo con nosotros. Primero con walkman, luego con un discman, más tarde con un celular.

      —No sé de qué hablan.

      —Vamos a subir, Tatito.

      Sandra y Adrián lo subieron al asiento trasero del Renault. Una vez que se convencieron de que estaba lo más cómodo posible, Adrián plegó la silla y la llevó hasta el hospital.

      —¿Se lleva la silla?

      —Sí, es del hospital. En el baúl llevamos otra.

      Tato bajó la vista hasta quedarse dormido. Sandra lo miraba con ternura y se dio vuelta para escribir un mensaje de texto en su celular. El sol pegaba suave pero con calidez en el vidrio de la ventanilla. Invitaba a una siesta. El ruido de la puerta del lado del conductor los sacó del letargo.

      —¿Qué pasó?

      Tato se sobresaltó y abrió lentamente sus ojos.

      —Llegué. Ahora vamos a viajar un rato. Rosario nos espera.

      —No quiero perderme el recital.

      —Adrián, mostrale.

      Adrián extrajo del tablero del coche un pendrive y se lo mostró a Tato.

      —Mirá, Tatito.

      —Un cortaplumas.

      —No. Un pendrive. Una memoria. Aquí dentro hay mucha música.

      —¿Viniste de Norteamérica, vos?

      —¿Quién te dijo que los norteamericanos solos tienen tecnología?

      —Las películas lo dicen.

      —Este pendrive es chino.

      —Tatito. Adrián te puso a Graffiti en tus oídos, todos los fines de semana de los últimos once meses.

      —Cuánto humor tenés, Sandrita.

      —Bueno hermanitos, no importa. Mirá, Tatito. Pongo este pendrive aquí…

      Tato meneaba lentamente la cabeza incrédulo, esperando el remate del chiste.

      —Una vez puesto el pendrive en su lugar, pongo el dedo índice aquí, donde dice Play… y… ¡se hace la música!

      Mientras el coche se ponía en marcha, Adrián hacía maniobras mirando el espejo retrovisor y el parabrisas, alternativamente, a la vez que volanteaba para un lado y para el otro. Cuando entraron en Avenida del Libertador, el reproductor comenzó a sonar: … recuerdo esa canción…

      Tato dibujó una sonrisa en su cara. Casi una mueca.

      Al rato, en la autopista, Sandra y Adrián notaron que Tato se había dormido. Al entrar en la ciudad lo despertaron. Graffiti comenzaba a sonar nuevamente. Tato miraba las calles, las paredes de las casas, los carteles en pantallas LED, con mucho asombro.

      —¿Dónde estamos?

      —En Rosario.

      —Sí, y yo soy el hombre nuclear.

      —Es Rosario, Tato.

      —Dejalo, Adrián. Si no nos cree.

      Adrián frenó en el primer semáforo. Sandra leyó un afiche en una pared.

      —¡Mirá, Tato! Graffiti en concierto, en la Lavardén.

      Tato miró el afiche con extrañeza. Sonrió por segunda vez desde que salió del hospital.

      —¿Viste, cuñado? Vamos a ir.

      —¿Cuándo es?

      —Mañana a la noche.

      —Ya se deben haber agotado las entradas.

      —Yo consigo. Quedate tranca, cuñado.

      —¿Tranca?

      —Que te quedes tranquilo.

      Luego de la traducción de Sandra, el semáforo cambió a verde y continuaron el recorrido.

      —¿Dónde estamos?

      —En Rosario.

      —¿Y esos colectivos amarillos?

      —Muchas cosas cambiaron. Ya lo vas a entender, de a poco.

      —Está lleno de espías. Mirá en esa esquina, toda la gente con un radiotransmisor o walkie talkie o algo en su mano.

      —Son celulares. Teléfonos personales. Mirá, yo también tengo uno.

      —¡Sos una espía, Sandra!

      Se rieron los tres.

      —Llegaron a la casa, ubicaron a Tato en una habitación. Le probaron ropa. Lo llevaron al comedor. Le dieron la comida y la medicación. Vieron televisión. Tato se asombró con cada momento, cada instrumento tecnológico. Al día siguiente, por la noche, fueron al recital.

      En la puerta del teatro había mucha gente, alguna cola y algunos grupos dispersos de gente que se reencontraba. Sandra y Adrián llegaron con Tato, empujando la silla y subiéndola por la rampa que había junto a la escalinata. En el hall de ingreso, repleto de gente esperando, el tipo alto, de rulos, se apoyó con sus manos en las ruedas de la silla.

      —¡Viniste, Tato!

      —¿Qué hacés acá, pelotudo, dónde te metiste?

      —Qué importa. Importa que estamos aquí.

      Sandra se acercó al oído del tipo. El murmullo generalizado impedía que Tato los escuchara.

      —Nito, Tato cree que estamos a sólo horas de aquel recital del Stud, cuando él se descompuso. Seguile la corriente. De a poco se va a ir recuperando.

      —Comprendo. Pero, me reconoció.

      —Y, si estás igual. No sé cómo hiciste, pero estás igual.

      —Y, no me casé con vos.

      Abrieron las puertas. Entraron primero con la ventaja que les daba llevar a Tato en su silla de ruedas. Se ubicaron a un costado, cerca del escenario.

      El espacio se inundó de música y de luces. Tato era feliz, inmensamente feliz, después de algunos años, sin que él pudiera medirlos. Casi una hora después, Nito sacó, quién sabe de dónde, una camiseta de Central y la puso en la mano de Tato. En el escenario, unos primeros acordes de su guitarra dieron paso a la voz de Ariel: recuerdo esa canción… Tato intentaba, con dificultad, revolear la auriazul. El público estaba exultante, nadie estaba quieto, se percibía una mística que había nacido unas décadas atrás. El éxtasis logrado con la llegada del estribillo, se pareció mucho a un milagroso estímulo que estallaba a cada segundo, con cada verso: míralo, sube y baja nuestro amor/ en el mundo, míralo./ No, no, no, no… Carbí, en la batería señaló con su baqueta izquierda hacia donde estaban ellos, Pozzo y Falzone, sin desconcentrarse en la ejecución de guitarra y bajo respectivamente, caminaron hacia ese costado del escenario. La multitud coreaba el tema. Sandra, Adrián y Nito desviaron sus ojos. Tato estaba parado delante de la silla de ruedas revoleando la camiseta y cantando con una sonrisa incipiente. Todo era eléctrico, todo se parecía a una fiesta interminable. Sandra se pasaba su mano sobre una de sus mejillas, mientras una frase se hacía dueña del aire de ese teatro: míralo, sube y baja nuestro amor.

      Cuando todo fue silencio, en la vereda, Sandra, Tato y Nito esperaban a Adrián que había ido a buscar el coche.

      —Sandra, ¿tenés una fibra, algo?

      —¿Para qué?

      —Yo tengo una birome.

      —No, Nito, una birome, no.

      Sandra buscó en su cartera.

      —Tengo una tiza.

      —Me sirve.

      Tato giró la silla con una de sus manos y quedó frente al mármol cobrizo de la Lavardén. Con la tiza blanca, muy lentamente, escribió: hay… que… cortarse… por… adentro.

Acerca de raúl astorga

Escritor y periodista rosarino. Autor de cuentos, novelas y guiones, coordinador de talleres de escritura. Ver todas las entradas de raúl astorga

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