Quería llevar su invento a Buenos Aires, porque intuía que su vida iba a cambiar para siempre. Y aunque sabía que la estación no existía más y que los trenes no circulaban más por esas vías, tomó la caja azul, la empacó bien con hilo de algodón, desayunó con un mate cocido bien caliente y salió de su casa con el pasaje donde se leía una fecha incierta.

Llegó a la estación cuando el sol pintaba las primeras claridades y se sentó en el banco del andén a esperar. Los altoparlantes estaban oxidados y no propalaban ningún anuncio, las palomas habían anidado en cada rincón y las ventanillas estaban herméticamente cerradas. Al rato cayó otro tipo con otra caja azul empacada con hilo de algodón. Otro tipo dispuesto a esperar un tren que no llegaría nunca. Se miraron, pero no se hablaron y horas después estaban en silencio mirando hacia el infinito… esperando. Más tarde, vino una mujer que traía una caja azul atada con un hilo de algodón. Los miró, la miraron, se miraron. En silencio, continuaron esperando.

Antes del atardecer, había decenas de tipos y mujeres con su caja azul atada con hilo de algodón esperando en el andén el tren que no llegaba. Cuando alguien vio la escena, se fue corriendo al pueblo a contar lo que ocurría y al rato cayeron periodistas y funcionarios de buena fe que murmuraron que había algo posible allí.

Mucho tiempo después, lejos de cansarse de esperar, la multitud seguía allí, en silencio, sólo conmovida por esa luz azulina que, a lo lejos, parecía ir agigantándose, como si estuviera cada vez más cerca.

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