Tráiler

Una secuencia:
Llegó el domingo. A las menos diez estuve en la puerta del cine. Gilberto pagó las entradas. Vimos la película. Salimos. Entramos al bar que está al costado del cine. Mientras tomamos unos chocolates con torta, le hablé de la soberbia del médico protagonista, de las relaciones familiares, de los conflictos que surgen cuando algún hijo quiere desviarse de los rieles que le ha tendido la familia, del ritmo moderno del filme, de las actuaciones de algunos actores, de lo bien que estaba Alessandro Gassman en el papel de ese cura desestructurado. Gilberto ya estaba en condiciones de invitar a Gina a ver la película y quedar como un duque. Como un duque que sabe de cine. Anotó todo en una libretita. Me dejó los quinientos pesos bien doblados junto al platito de la torta hojaldrada, me estrechó la mano fuertemente y se fue con rapidez hacia la galería. Bostecé, levanté la vista hacia el televisor, Central ganaba dos a cero, levanté la cabeza para llamar a la camarera y ahí, recién ahí, me di cuenta de que Cecilia estaba parada a mi lado. Le ofrecí chocolate, torta hojaldrada, café, té de jazmín. Dijo que no. Se lo ofrecí de nuevo, para hacer tiempo hasta que el árbitro dio por terminado el partido. Ganó Central.

Otra secuencia:
Cecilia salió de la cama, se fue a buscar un cigarrillo y volvió diciéndome que no recordaba que había dejado de fumar hacía más de un año. Trajo una pequeña compotera con almendras y me dijo, recostada contra mi pecho, que necesitaba una nueva vida.

Otra secuencia:
Al otro día, temprano, con un amanecer limpio, absolutamente transparente, me fui del departamento de Cecilia. Atravesé la plaza San Martín y me senté en uno de sus bancos junto a una anciana que daba de comer a algunas palomas. La reconocí de inmediato. Era mi profesora de Literatura de Segundo, la señora Carola Figué. No me miró cuando me senté a su lado. Le dije que quería confesarle algo:
—Usted no lo va a creer. Yo fui su alumno hace mucho tiempo. Yo era el que cantaba “Oh, Carol” cada vez que usted pedía que sacáramos una hoja antes de cada examen. Lo hacía imitando perfectamente la agudísima voz de Neil Sedaka: Oh, Carol, I am but a fool, Darling I love you, though you treat me cruel. Y, luego, se armaba tal batahola que, a veces, nos quedábamos sin examen y con algunas amonestaciones colectivas.
—Imposible, señor— me dijo ella, sin mirarme. Sus ojos claros sólo tenían visión para esas palomas que alimentaba.
Me levanté del banco, me acomodé las solapas del saco y me alejé con lentitud de Carol, la que nunca pudo aplazarme.

(Leyendo en “LIbera la palabra”, el primer Encuentro de Escritores del Centro PEN en Rosario, Biblioteca Argentina, sábado 30 de noviembre, por la tarde. Leyendo un tráiler de mi nouvelle “Siempre nos quedará Rosario”, una de mis tontas ficciones pop. Fue un honor volver a leer en público, en mi ciudad, después de varios años.)

Comparto algunas imágeness maravillosas de la fotógrafa: Mariela Tudino 

 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s