Era en Abril (Crónica de un viaje austeriano)

Cuando pasen muchos años, si sobrevivo, comenzaré esta historia diciendo que era en abril el fin de semana en que decidí ir a ver si ese tipo que me venía conmoviendo con sus historias de gente común desde hacía mucho tiempo, era real, tangible y capaz de mirarme a los ojos. Desde aquel día de mediados de los difíciles ’90, en que mi amigo Marcelo Juan me prestó La trilogía de Nueva York, diciendo: este autor te puede gustar; me sumergí en un mundo de gente que busca algo o a alguien y donde el azar y las distintas posibilidades van jugando con el tránsito de la gente por este mundo. Después vinieron: Leviatán, El palacio de la luna, Un hombre en la oscuridad, El cuaderno rojo, y más, más, más historias que, a mi humilde juicio, podrían transcurrir entre nosotros. Hoy tengo en mis manos, amiga Beatriz Eugenia mediante, el último libro del tipo en cuestión: 4321. Y si bien la cosa venía indecisa, fue determinante que Vivi, Angeles y nuestra entrañable amiga Silvia N, me dieran el empujón final. Y allí voy, fundido a negro y abriendo en plano picado con un micro estacionado en la Mariano Moreno de Rosario.

Es sábado por la mañana, los colores del micro me dan mala espina porque son los mismos del rival que enfrenta a Central en un partido que se da mientras estoy viajando. Salimos por calle Santa Fe, hacia el oeste, lo que me trae, como a algunos personajes de Paul Auster (él es el tipo en cuestión), parte de mi pasado para comprender este presente. Ya cuando cruza Felipe Moré, me lleva al pibe veinteañero que a las cinco de la madrugada esperaba en esa esquina, cuando perdía el tren que pasaba por Ludueña, la Rosario-Pérez para ir a reparar locomotoras en gélidos días invernales de los esperanzados años ’80. Luego, pasamos por el local, hoy hay otro rubro, donde yo vendía comida para pájaros, peces y perros en una época en que Alfonsín asumía y nos prometía que con la democracia se come, se cura y se educa, y donde, por esos días, una promotora de Círculo de Lectores me traía libros de Beatriz Guido, Henry Miller y García Márquez. Giramos a la izquierda, tomamos Circunvalación y pronto nos metemos en una autopista a Buenos Aires que está matizada por una niebla que no se decide a partir pronto. Whatsapp con las chicas, todo va bien, viaje tranquilo, y más tarde comienzan a llegar las infos de mi primo Edgardo con el desempeño de un Central que se parece a una catástrofe incomprensible. Caemos por goleada y comienza a aparecer mi culpa por no haber abordado, por no levantarme más temprano, la empresa que transporta regularmente al plantel canalla. Comienza a aparecer la lluvia, intento olvidar el partido releyendo algunos pasajes de El palacio de la luna (esta edición regalo de cumple de Angeles y Vivi el 18-03-2015. Hubo un momento de mi vida en que un regalo de cumpleaños dejó de ser un c.d. para pasar a ser un libro de Paul Auster). Nos vamos metiendo por pequeñas ciudades, nada nuevo hasta arribar a Retiro. Salgo raudamente de la estación, abordo el 56, llego al hotel en la zona de Congreso, dejo algunas cosas, y parto hacia la Biblioteca Nacional, también Mariano Moreno, con el temor de no poder ser uno de los 150 que ingresarán al auditorio Jorge Luis Borges para ver el diálogo en vivo entre Raquel Garzón, periodista y escritora, y nuestro Paul Auster. Subo las escalinatas, hay una cola repleta de jóvenes, sentados en el piso, con termos, mates, vasos con café. Es un segundo, a suerte y verdad: contar cuántas personas hay en la fila. Pregunto a un par de chicos que, supuestamente, son los últimos, con un inmenso escalofrío producido por la idea de quedar afuera después de haber recorrido trescientos veinte kilómetros. Sí, son los últimos, me ubico y cuento, redondeando hacia arriba, y me doy cuenta de que puedo ser el ingresante número 79. Todo toma forma de camaradería y llega nuestra gran amiga Dora Sajevicas, que viene de un ensayo teatral donde la semana que viene estrenará una obra dirigida por el talentoso y laburante teatral Roberto Ibáñez (actor que hemos visto en enormes programas de la talla de Alta Comedia, Compromiso, y otros). Compartimos un café, bálsamo en esta tarde desapacible. Ya la gente pertenece a una cofradía que espera, y se habla de cómo combatir a aquellos que lleguen con intenciones de colarse. Se solicita a la organización el inmediato reparto de las pulseritas azules que garantizan el ingreso de quien la posea. La leve llovizna se va transformando en diluvio universal, nosotros estamos a resguardo y un muchacho de la organización promete que vuelve enseguida con las pulseritas. Y cumple. Cada uno de nosotros, con la pulserita azul en la muñeca (izquierda en mi caso, no llevé reloj, ansias de libertad) percibe que ya nada ni nadie nos quitará la posibilidad de escuchar y ver al escritor que venimos siguiendo desde hace años a través de páginas intensas, poéticas, aventureras, maravillosas. Continúa llegando gente. Vamos subiendo en ascensor, en grupos de seis. Arriba nos esperan auriculares inalámbricos para aquellos que tenemos difícil la comprensión oral del inglés. Escojo uno, que tendré que devolver antes de salir. Y, con Dora, nos sentamos en la fila 9, distancia perfecta, altura tipo anfiteatro, sube al escenario el director de la Biblioteca Nacional, el escritor Alberto Manguel, presenta la charla, aparece Paul Auster en medio de una ovación. Es alto, camina agachando levemente su cabeza como si esquivara de manera permanente algo que se pueda llevar por delante por su estatura. Entra Raquel Garzón, se acomodan, toman sus micrófonos y comienza la charla. El tema que aparece primero tiene que ver con su última novela, la historia de Archie Ferguson, que algunos estamos leyendo por estos días. La traducción simultánea es excelente. Luego los caminos de las palabras llevan a cuestiones generales de las formas de escribir, de su convivencia con una escritora (Siri Hustvedt, su esposa), de su relación de años con su vieja y sabia máquina de escribir, un momento de tensión que se percibe en el aire del auditorio cuando surge una pregunta acerca de una situación delicada de su hijo (entiendo que quieras hacerme esa pregunta, pero considero que es muy privada y no la responderé, dice Auster), de su relación con Argentina donde manifiesta que sólo conoce Buenos Aires a la que vino tres veces si incluimos esta, de los problemas de Estados Unidos y de los problemas de Argentina, de su pasión por el cine y sus películas, de su relación con las nuevas tecnologías y la despedida de un momento que quisiéramos que no termine nunca porque se habla de lo que nos apasiona: literatura. La charla se eterniza en el canal de youtube de la Biblioteca Nacional, todos la reviviremos en algún momento. Salimos del edificio, acompaño a Dora hasta la estación, tiene que tomar sucesivamente un subte, luego un tren, luego un taxi, para llegar a su casa en Merlo. Admirable lo suyo, esa rutina es repetida cuando tiene que venir a Capital a ensayar, a dar función, a juntarse con amigos. Su pasión desbordante por el arte y el espectáculo es un homenaje a la vida.

Tomo un colectivo hacia el hotel, antes paso por un pequeño comedor donde pico algo y me voy a dormir, mañana será otro día. Pero en esta madrugada sucede algo inesperado: despierto violentamente a las 3 y media de la madrugada, el granizo es un virtual bombardeo nuclear, tengo la sensación de que todo se va a derrumbar, comienza a diluviar intensamente, el ruido sobre el techo (estoy en la planta más alta) es algo desconocido para mí, me paro bajo el marco de la puerta entre la habitación y el baño, no me agrada la idea de morir en Buenos Aires y solo, menos me agrada la idea de un derrumbe, de tener que salir así como estoy y que algún canal de tv pose su cámara en mí, portando sólo calzoncillos, mi físico no está trabajado lo suficiente como para mostrarme con decencia en la tv porteña. La lluvia y los truenos y algún relámpago no tienen la menor intención de aflojar. Esto dura demasiado, no tengo miedo, pero sí una inevitable preocupación. A eso de las 5 y media todo parece calmarse, me acuesto, me duermo. A las 7 en punto despierto y decido no dormir más. Enciendo el televisor y los canales de noticias se hacen eco del desastre climático. Un temporal que arrasó con algunos techos, muchos árboles, un cartel publicitario sobre una casa, calles anegadas. Me comunico con las chicas en Rosario, todo bien. Parto del hotel hasta Plaza Italia, desayuno en un bar de avenida Santa Fe y Thames, me quedo largo rato, hasta que cruzo para ingresar a la Feria del Libro más famosa de nuestro país.

Todos sabemos qué significa la Feria del Libro de Buenos Aires, con todo es la gran fiesta anual del libro, de esa pasión que nos acompaña toda la vida. Es un apoyo a la industria y es un lugar visible para las editoras y librerías más pequeñas. Está en nosotros apoyar cada cosa o ambas. Quienes pasamos por allí, no podemos eludir llevarnos material de los más chicos, de los que se esfuerzan, de los que resisten, si queremos que esa idea permanezca. Paso por el stand de Santa Fe, mi provincia, recorro tranquilo, entro en el stand de la Xunta de Galicia, donde atiende Gisela, del Centro Galicia, le entrego los ejemplares del último número de la revista del Centro Gallego de Rosario que les llevé, charlamos un rato y llega el gran escritor Luis González Tosar, al enterarse de mi vinculación con la galleguidad rosarina, se entusiasma y me cuenta que estuvo por nuestra ciudad hace unos veinticinco años y que le gustaría volver. Me recuerda que Paul Auster recibió hace pocos años el premio San Clemente que otorgan los jóvenes estudiantes de Galicia a Escritores gallegos e internacionales. Paul Auster tiene varios de sus libros publicados en galego. Hacemos fotos, me quedo largo rato con ellos que están acomodando libros en el stand. Parto a tomar un café y a cumplir con los libros que llevaré de regalo a Rosario para las chicas. En el stand del grupo Planeta, Nélida, que me atiende por un libro que busco, me recuerda que Paul Auster firmará a sus lectores allí en un par de horas. Vacilo, si voy a su charla en la sala José Hernández, o si me quedo por allí para ver su firma para siempre en mi El palacio de la luna. Desde mi más tierna infancia aprendí que si vos ya cumpliste un sueño tenés que dejarle el lugar a alguien por cumplir. Nunca me gustó perder todas, pero tampoco ganar todas. Ayer escuché a Paul Auster, en vivo, charlando acerca de su nuevo libro y de muchas cosas que nos interesan, por qué no dejarle el lugar a alguien que lo sigue, como yo, desde hace años. Me quedo en el stand, donde aparecen Julieta y Nicolás, dos jóvenes, lectores voraces, no sólo de Auster, sino de otros grandes autores nuestros. Nos divertimos, comentamos, nos causan gracia las reglas que nos dicta la gente de Planeta para cuando estemos frente al Maestro. Ensayamos frases en inglés para agradecerle la obra. Aparece, de pronto y de la nada, Gabriel Rolón, que se saca fotos con todas las mujeres que merodean por el stand. La profe de inglés que está con nosotros, prepara su celular y se toma una con el famoso psicoanalista y escritor. Pasan cada tanto los fotógrafos de Planeta y nos sacan fotos con nuestros libros en nuestras manos. Sacan centenar de fotos que dicen subirán al sitio de la editorial. En un momento, inevitable en mi condición de rosarino, sale el tema Fontanarrosa, hablamos de sus descripciones de la ciudad, del bar El Cairo, el de antes, les comento, el de los cuentos del Negro. Nicolás, que es de Burzaco, me dice que en los libros de Claudia Piñeiro donde describe ese lugar hay una exactitud impresionante. Julieta declara su amor por Auster y por historias de Osvaldo Soriano. Pasan unas señoras con credencial que, al mejor estilo escuela primaria, nos quieren hacer formar fila uno detrás del otro. Nos reímos, nos entregan una foto de Auster con un número troquelado y algunas sugerencias que, definitivamente, no cumpliremos.

La expectativa llega a su fin, Paul Auster está a unos metros de nosotros, rodeado por la gente de prensa de Planeta, una traductora que se sienta a su lado, y un par de tipos de traje negro x files encargados de hacer pasar hasta la mesa a cada uno de nosotros. Alrededor hay un centenar de curiosos sacando fotos y grabando con sus celulares el gran momento. Me toca a mí, soy el lector número 13, llevo en mi mano el libro, y un pequeño grabado metálico con el Monumento a la Bandera que cuando manifiesto que es para Auster lo toma de inmediato la agente de prensa y él mira la escena, y cuando apoyo el libro para que estampe su firma le digo, seguramente con pésima pronunciación: I’m from Rosario, Thank you for your stories. Auster firma y me mira a los ojos sonriendo, y con esa voz grave que le he escuchado infinitas veces en infinitos reportajes me tiende su mano, estrecha firmemente la mía y me dice: Thank you. Nada menos él me dice Thank you a mí, que, gracias a sus libros he logrado atenuar algunos momentos difíciles que he atravesado. Es como si ese instante, si esa imagen, se congelara en el tiempo para siempre, como en esas películas al finalizar, antes de los créditos. Si hay un momento que no olvidaré por el resto de mis días, ocurre ahora, Paul Auster firmando mi El palacio de la luna y estrechándome la mano mientras me dice: Thank you.

Los que pasamos por esa mesa, Julieta, Nicolás (la profe de inglés se desvaneció en el aire sin que nos diéramos cuenta) y otros lectores nos reímos de la firma sin dedicatoria (tal vez en otros países que Auster visita, se complica saber cómo se escriben determinados nombres), pero gloriosa firma, definitivamente, en el libro, en la historia que amamos desde hace años. Antes de despedirnos, nos hacemos una selfie y nos prometemos estar en contacto por Facebook o por e-mail. Me acerco nuevamente a la mesa, le tomo una foto movida con mi celu, Paul Auster sigue firmando.

Me voy a dar una vuelta, paso por el puesto de Mandrake, mi pequeña librería favorita en Rosario (muy buena atención, charlas amenas y te consiguen el material que quieras), charlamos con el jefe, hacemos chistes rosarinos, me llevo un libro para regalo. Camino otro tramo, me encuentro con Gerardo S y su familia, me presenta a su esposa, charlamos largo rato, son agradables, recordamos nuestros tiempos de la secundaria, me pregunta en qué ando, les hablo de esta aventura, les recomiendo El palacio de la luna para iniciarse en Auster, nos prometemos contacto vía internet y un encuentro pronto en nuestra ciudad. Salgo del predio, son las 9 y algo más. Voy a la parada del 108, dos coches no me paran y reciben los mismos improperios que los colectiveros de mi ciudad cuando no me paran sin justa causa. Un tipo se compadece de mí y cuando le digo que voy hacia Retiro, me sugiere el 152, en avenida Santa Fe. Allá voy y así llego a la Terminal de Ómnibus. Mi micro llega a horario. Subo, me recuesto en la butaca, aviso a casa que ya abordé, que a eso de las 4 y media estaré en Rosario. Duermo hasta San Nicolás, me despiertan los gritos de protesta de una pasajera que no tiene el DNI y que no la dejan viajar en esa condición. Finalmente no sube, partimos. El micro retoma la autopista, estoy tentado de sacar el libro y ver la firma que me confirme que todo lo anterior no fue un sueño más. Dejo de lado la idea. Me pongo los auriculares y desde allí hasta Rosario, pasan por mis oídos, los REM, Ligia Piro, Swing out sister, Mike and the mechanics, Serú Girán, hago el camino inverso a la ida, acompañado por esas melodías. Entro en mi ciudad, un amor incomprensible, furioso, ya para siempre. Pienso que todo lo vivido en este par de días me hará intensificar la llama que me impulsa a continuar leyendo mucho y escribiendo otro tanto, a pesar de todo. Pongo la llave en la puerta de casa, me esperan los besos de las chicas, los brincos de Brisa nuestra perra, el reparto de libros. Me llevo a la cama El palacio de la luna, lo dejo en la mesa de luz, me duermo un rato.

No estuvo tan mal este fin de semana.

Raúl saludando a Paul Auster

Un saludo inolvidable

Auster bebiendo

Bebiendo ¿café?

raúl en la fila

en fila con libros en mano

Compartiendo espera con los chicos

Con compañeros de espera a Paul Auster

Selfie de despedida

con Dora

Con Dora Sajevicas, esperando la charla en Biblioteca Nacional

en la biblioteca charla de Paul

Presentación de charla

firma de Auster en mi libro

Un recuerdo imborrable

mi Palacio de la luna

Una gran historia

Anuncios

2 comentarios en “Era en Abril (Crónica de un viaje austeriano)

  1. Excelente Raúl. Fue una crónica minuciosa de un momento inigualable. ¡Te felicito! Estas vivencias, estoy seguro, energizan el camino de una manera que nosotros todavía no hemos llegado a dimensionar. En lo que a mi concierne, para tu próximo relato, espero que aparezca mi nombre informándote sobre un triunfo épico del Canalla. ¡Abrazo!

  2. Como siempre buenísimo Rauli,he vivido tu experiencia como si estuviera a tu lado y me alegro tanto por vos, te lo merecias , tu perseverancia tuvo su premio.Me siento orgullosa de tu amistad.Felicitaciones amigo!!!!

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s