Otro siglo

Don Haroldo se había hecho cargo de su sobrino menor, no importa por qué causa, ni cuándo, ni dónde. Comenzó a dedicar su vida a la docencia: Historia era su materia. Escribía artículos para la revista de la Vecinal del barrio, contando los hechos trascendentes del lugar, protagonizados por personas que nunca se cansaban de luchar por el progreso de sus calles y la calidad de vida de los vecinos. Era un hombre que dio mucho por los demás, porque creyó que su batalla, la personal, estaba perdida. La chica de sus sueños de adolescencia, Estela, se había alejado con su familia. El padre de Estela, técnico en comunicaciones, aventurero, loco y anarquista, destinado a cruzar los mares constantemente, fue amenazado de muerte porque en la puerta de su taller un graffiti decía eso: soy aventurero, loco y anarquista. Don Haroldo lo sabía y por eso aceptó la situación. Dijo adiós, cuando Estela y los suyos partieron hacia Australia, destino temporario porque en realidad el trabajo que le habían ofrecido a su padre estaba en las islas Tuvalu. Estela y Haroldo jamás dejaron de cartearse, ni renunciaron a sus sentimientos. A veces, Haroldo, un poco por esnobismo, otro poco por demostrarle a Estela superación, le escribía en inglés, lengua que se hablaba en esas islas. Ninguno de los dos se casó, vivieron su amor a distancia, y nunca creyeron que se trataba de un sacrificio. Y así pasaron los años, y Milo, cuando trabajaba en la fábrica de zapatos había comenzado a ahorrar algún dinero para que el tío Haroldo viajara al encuentro de Estela. Pero no pudo ser. Milo fue despedido de la fábrica por reducción de personal, porque ya no podían competir con los zapatos extranjeros, más baratos, menos duraderos, pero elegidos por una masa que no quería andar descalza. Su tío enfermó de los pulmones por esa época. Sin embargo, más tarde, ocurrió un acto de unión establecido previamente por carta. Muchos creyeron en el barrio que don Haroldo había enloquecido. Lo sabían serio, cauto, silencioso, sólo de hablar lo que era necesario. Cuando en la mañana del 31 de diciembre de 1999 lo vieron en el patio de esa casa armando una torre de cohetes, cañitas voladoras y petardos, se asombraron  a tal punto que se arrimaban al portón de alambre simulando querer saludarlo, cuando en realidad querían confirmar de cerca lo que creían ver de lejos. El asombro de los vecinos alcanzó el máximo nivel a las nueve de esa mañana, cuando las explosiones se hicieron efectivas y, en medio de ese vendaval de estrellas de colores y sonido, subido a una mesa con una copa de champaña en una mano, don Haroldo gritaba mirando a los cielos: feliz año nuevo, feliz siglo nuevo. Lo que no supieron nunca algunos vecinos es que, a la misma hora, pero siendo la cero del 1º de enero de 2000, en las islas Tuvalu, Estela desataba una locura similar, pero justificada en parte por el instante y el clima festivo que la rodeaba. Después contaría por carta, Estela, que lo extraño se dio quince horas más tarde, cuando quisieron llevarla presa por detonar explosivos mientras brindaba por Haroldo coincidiendo con la hora de año nuevo argentina. Y, en medio de la algarabía de esas líneas, Estela le decía al tío Haroldo que ya estaba reuniendo dinero para venirse a verlo, que éste era el siglo del reencuentro. Que la esperara. Y el tío Haroldo la esperó hasta el final. Su última palabra, antes de partir de este mundo fue su nombre: Estela. Así se lo hizo saber Milo a ella, en una carta que, probablemente, haya sido la más difícil que escribió en su vida. Y Estela vino igual, en medio del 2001, como si se tratara de una odisea espacial, llegó con su valija hasta el portón verde. Y se apoyó, como quien espera que abran un lugar público para entrar primero. Y lo vio salir al patio a tirar la yerba vieja del mate del lado de las vías. Y Milo, sin conocerla, la conoció. Quién podría ser esa anciana de cabellos negros, anteojos de carey y pañuelo en la cabeza a la antigua usanza, que contemplaba ese lugar con los ojos brillosos de la nostalgia que sólo da el mejor tiempo vivido. Quién podría ser esa anciana que se acercó a Milo y lo abrazó sin decirle nada. No hacía falta. Las lágrimas que mojaron el pelo de Milo, eran capaces de regar el patio escribiendo su nombre. Cumplió, la vieja Estela cumplió. Era sábado por la tarde, pronto iba a oscurecer, y el panorama que los rodeaba incluía algunos chicos en bicicleta que venían de practicar algún deporte, algunas chicas que, con el cabello mojado, parecían regresar de una pileta o de la misma playa costera del balneario La Florida. Era un momento de transición en la ciudad, porque a esa hora se instala una franja de silencio que tiene que ver con el cansancio de los que regresan después de estar toda la tarde bajo el sol y los preparativos de aquellos que tienen una fiesta o alguna salida a cenar por la noche. Y Estela estaba, a contraluz de ese atardecer.

sidney

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