Cuando arribamos a la casa de Raiter, frente al parque Alem, Marquitos ya estaba allí enviando mensajes de textos a su chica mientras sorbía jugo de un vaso que le acababa de servir doña Clelia. Con el flaco Bonifacín nos habíamos encontrado cerca del Cruce Alberdi, así que los dos en la renoleta azul que aún no se le perdió pasamos por la carnicería que le recomendó el loco Brandán y compramos unos chorizos gigantes que nos permitiera acompañar la picadita sin sobresaltos. Raiter fue el último en llegar, aunque le había dejado a doña Clelia severas instrucciones para que le habilitara el parrillero al flaco y nos aliviara el tiempo de espera con alguna bebida liviana. Raiter apareció con un sombrero, un par de anteojos de marcos gruesos, la barba de una semana sin afeitar, un saco de color natural, una camisa verde agua y una corbata roja, imitando al novelista que hizo alguna vez Johnny Depp. Ay, las influencias. El flaco Bonifacín ya se había ido con todo su instrumental al patio donde lo esperaba la parrilla, cuando Marquitos se levantó diciendo que el mensajito que había recibido decía: estoy en la puerta. Fue a abrir sin que entendiéramos qué estaba ocurriendo. Era Camila, del Café Cortázar, con una caja de pizza, una de empanadas y dos botellas de cerveza. Doña Clelia la hizo pasar a la cocina y se quedaron allí por un rato. Marquitos nos miró y aclaró: yo la invité. Pensamos que nacía algo esa noche de diciembre. Ay, las influencias.

Una vez que estuvimos todos en la mesa, Raiter fue hasta el equipo de audio y puso un compilado de Charly Parker, para meterle clima a lo que iba a contar. Habló de su reconciliación con Any, la cantante de música urbana con reminiscencias de Piazzolla, saldrían al día siguiente juntos, ¿encontraría a la Any? se preguntaba Raiter, y decía que el encuentro debía ser casual, a orillas del Paraná, y caminar de la mano, como dos adolescentes, y tomar la calle de los Trabajadores y apoyarse en un árbol a tocarse y a atreverse a soñar más allá, con alguien chiquitito, dientecito de ajo, y enojarse y desenojarse y comportarse como dos cronopios que a cada paso desean desesperadamente la libertad. El flaco Bonifacín levantó el chorizo quemado que le había tocado diciendo: ésto nunca me pasó, recuerdo los asados que hacía mi viejo que jamás permitía que nadie se acercara a la parrilla y al servir en la mesa se enorgullecía cuando alguien gritaba ¡un aplauso para el asador! ésos eran años felices, o creíamos que en este país se podía ser feliz, mi viejo tenía un gato negro que se paraba junto a la parrilla, al calor de las brasas y cuando el gato se murió el primer asado sin él salió quemado, y mi viejo dijo que era una señal, un guiño del gato desde el más allá, sí, tal vez, ésos eran los años felices. Marquitos le tomó la mano a Camila y dijo que no habían dicho nada porque nos querían dar la sorpresa, y que, incluso, estaba preocupado porque la quería llevar a su barrio y últimamente estaban haciendo estragos los refutadores de romances, que son unos tipos que ya no creen en el amor y andan arrancando flores de los jardines y arrebatando cartas a los carteros que llevan misivas que apunten a iniciar cualquier relación de pareja, y dijo que los muchachos sensibles de su barrio no pueden hacer nada porque si actuaran con violencia, estarían convirtiéndose en lo mismo que los refutadores. Y yo imploré un poco por el retorno de la poesía al fútbol, recordando que aún en el estadio veteranista del Cruce Alberdi se juega por el piso, se tira un caño, se intenta una rabona y que es el único lugar en el mundo donde dos tipos con camisetas rivales pueden hacer una jugada maravillosa que termine en gol y abrazarse como hermanos.

Ay, las influencias, en esta noche de diciembre, las copas alzadas deseando que el año que viene sea mejor, las biromes alzadas a la enésima potencia y los teclados a ritmo implacable en busca de historias que nos ayuden a vivir. Ay, las influencias, si fuera cierto que se puede juntar a Cortázar, a Soriano, a Dolina y a Fontanarrosa en un texto. Si fuera cierto, tanto el autor como sus lectores lo celebrarían, y todo podría andar sobre renglones. Si fuera cierto que se puede encontrar una voz narrativa que selle una complicidad entre autor y lector. Si todo eso fuera cierto, valdría la pena escribir hasta el final y, como dice el bolero, si después del final la cosa continúa, escribir eternamente sería una buena salida. Nos vemos.

nubes trucadas

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