Confidencial

Hacía mucho frío en la calle esa noche. A unos sesenta metros ya lo vi moverse apenas en el piso. Sólo cuando estuve a su lado pude percibir que era muy grande, unos ochenta podría decir. Comencé a sacar mi celular mientras le preguntaba si se sentía muy mal. Sí, me contestó, sé que me voy a morir. No diga tonterías, dije mientras intentaba memorizar el número del SIES. Me agaché a su altura. Tenía el pelo largo, con una lluvia de canas que asomaba bajo una gorra de pana gris y una camisa leñadora debajo de un pulóver andrajoso. Sé que me voy a morir, repitió y me tomó de las solapas de mi campera de jean. Y no quiero irme sin dejar que vea la luz un secreto de alcance mundial, dijo tosiéndome en la cara mientras en el SIES alguien me pedía los datos del hombre y del lugar en que estábamos. Escuchá bien, pibe, se esforzaba por decir, y otra vez la tos moribunda. Hace muchos años, en 1969, viví en La Pampa y tuve una pulpería. Allí armé un cuarteto folklórico con dos chinas y dos gauchos. Eran la Anita, el Braulio, el Belisario y la Alejandrina, cómo olvidarlos. Y como los nombres de otros conjuntos ya eran muy repetidos: Luna norteña; Amanecer campestre; y otros, decía en un hilo de voz aún eclipsado por la tos, los bauticé: ABBA, utilizando las iniciales de sus nombres. Y lograron dos éxitos: una zamba titulada A mi chiquitita; y un huayno titulado Va todo a ganador, dedicado a un potro valiente. El SIES ya estaba por llegar, y yo no podía creer lo que escuchaba. El hombre me sujetaba más la campera y me decía: todo hubiera sido un buen recuerdo si no fuera por ese sueco que pasó por la pulpería, y que dijo que era productor de espectáculos de circo. Sus ojos de hielo no me gustaron desde el primer instante. Algunos años después me di cuenta cómo nos había robado ese sueco. Tosió y quedó casi inerte. Los camilleros y el paramédico bajaron rápido. Estuvieron diez minutos haciéndole estudios y se lo llevaron al HECA. Mientras las luces de la ambulancia se perdían en el fondo de la calle y la sirena bajaba progresivamente su volumen, seguí camino hacia la casa de Frida, mi novia, sin poder dejar de susurrar los primeros versos de “The winner takes it all”.

calle de noche en rosario

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