Lluvia de estrellas, rock y un rumor

A Sebas Y. que sabe de qué hablo…

 

Todo flotaba en el aire esa noche, hasta el sol rehusaba  irse y demoraba tres horas más como en los más insoportables veranos. Veranos artificiales que los fabricantes de equipos de aire acondicionado habían logrado con la complicidad de unos científicos rebeldes dejados de lado por los adoradores del mercado.

El rusito andaba con ese poemario bajo el brazo desde que se lo entregaron en la imprenta, como si fuera el último grito de esperanza en un universo decadente y ávido de energía que pasara a reemplazar ese turbio elixir por un polvo de cometa que al aspirarse nos llevara a la inmortalidad. Esa noche habría rock, todo el mundo lo percibía, nadie sabía cómo, pero un rumor que se esparcía por los cables y las antenas daba cuenta de eso. En la redacción, yo no podía cerrar ese relato, mientras esperábamos una noticia que fuera tapa al día siguiente.

El rusito solía pasar temporadas tirado como un bon vivant en el césped que bordeaba la costanera. Allí construía sus poemarios, hasta horas impensadas que no dejaba ver un carajo cuando la luna se ausentaba. Una vez, el mejor verso de su carrera le penetró en su cerebro como un rayo mezquino y furioso, logrando que su entusiasmo por escribirlo al toque hiciera que se cayera de la hoja y se perdiera entre algunas matitas salvajes. No lo encontró más, y tuvo que reescribir varias veces hasta que le salió algo que se acercaba a años luz, pero no más cerca. Y todos sabíamos que su poemario estaba exquisito, pero él insistía en que su mejor verso se había ido de gira y andaba por algunos confines del universo.

El rumor agregaba que Coleman iba a caer esa noche en que el sol tardaba en irse hacia el hemisferio contiguo para volver al día siguiente. Y si bien era sólo un rumor, no sorprendió ese resplandor que empezó a dejarse ver en el cielo y que a cada segundo que pasaba se iba agrandando hasta convertirse en una parrilla gigante con luces de múltiples colores y algunas cegadoras que alcanzaba a iluminar a una multitud que no se sabía de dónde había salido, aunque deseaban ser héroes sólo una vez y estaban allí para eso.

Coleman bajaba sostenido por la nada, hamacándose. Él sostenía su guitarra y el rusito pensó inmediatamente que ese era su sueño porque pensó que él era el que soñaba. Y más arriba de la luz más brillante le pareció ver a la banda que apoyaba a Coleman. Caras que se habían ido de a una desde el rock urbano de nuestras tierras áridas hasta alguna dimensión que los adoptó. Se armó en el piso un escenario tremendo, y el sonido era el más puro que se pudo escuchar fuera de un sueño desordenado.

Comenzaron a pasar las canciones, lo perfecto, aquella púa que voló hacia la multitud y me pegó en una mano para perderse bajo la falda de la chica que estaba a unos tres metros. Más rock, más energía, más poesía cantada. El rusito, impaciente se acercó disimuladamente al escenario, y empezó a llamar a Coleman:  ¡Richard! ¡Richard! Le mostraba el poemario. Coleman seguía su show, apenas lo miraba de reojo, concentrado en lo perfecto de su ejecución. Mientras yo notaba que fue la bruma que se levantaba por el lugar lo que me impidió capturar la púa, el rusito insistía: ¡Richard! ¡Richard! El poemario se desprendió de su mano como una supernova que se expande en un recorrido incierto del universo y surcó el aire hasta depositarse sobre la pedalera de efectos. Coleman pisó el poemario varias veces hasta que terminó su última canción, y cada vez que lo pisaba en su rostro se marcaba, casi imperceptible, un gesto de pena por la situación.  Se inclinó ante la ovación de la multitud y tomó el poemario. Lo miró fijamente un par de segundos, lo alzó con su brazo y mientras la luz se lo llevaba lentamente hacia arriba, el rusito contemplaba la escena con su boca entreabierta y su brazo, congelado, señalando el cielo. Todo se oscureció de repente y en aquella madrugada de la costanera, comenzó una jamás anunciada lluvia de estrellas que aún hoy, siglos después, podemos decir que su huella luminosa se expande entre las aguas del Paraná.

coleman

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