Primera noche del Halley

Aquella noche, entre fragancias pretenciosas, aroma a tintillo y a caramelos de mentol, apareció ella. Justo en el mágico instante en que la voz cascada de Phil Collins susurraba:… one more night, one more night… Así que sólo requirió de mi parte extender mi mano izquierda y salvarla de un insoportable ser que portaba un vaso de esos tipo trago largo, y no dejaba de quitar su rostro del oído de aquella frágil beldad. En el acto estuvo envuelta por mis brazos y apretujada por los dos mil cuerpos que danzaban lentamente en una pista donde cabían apenas cien. Nos hablábamos al oído, intentando no desentonar con el viejo Phil, y preguntándonos nombres, signos zodiacales y estudios cursados. Es cierto, parecía una entrevista laboral, pero antes era así. Ese antes significa hace unos pocos años atrás, por supuesto. Pero gracias a ese sistema supe que estudiaba Letras y ella supo que yo estaba leyendo “Todos los fuegos el fuego” de Cortázar. No pasó mucho tiempo para que nos descubriéramos en un reservado comentando “El otro cielo”, cuento que integra ese libro. Y todo giraba en torno de un dejo de ternura hacia Josiane, o un deseo cinematográfico hacia el Sudamericano, ambos protagonistas de ese relato. Luego la bebida, el brindis y su difícil confesión de que era porteña, vivía en un populoso barrio que ya no recuerdo bien, creo que Caballito, y que su estadía de verano era para visitar a una prima que en ese momento andaba en algún rincón de la atestada embarcación. Fue la voz de Sheena Easton que nos lamía el oído, de fondo, cuando cruzábamos la idea de pasar la noche boca arriba frente a la Fluvial, para ver si descubríamos la primera aparición del cometa Halley que, se sabía, comenzaría a dejarse ver en esos días. Sólo bastaba avisar a la prima, coordinar una esquina de encuentro, al amanecer, y huir en soledad, de la mano, hacia el sitio que yo había propuesto y que ella no conocía, por supuesto.

Salimos y subimos por Sarmiento hacia la peatonal Córdoba, para bajar por ésta hacia el río. Ese era el plan, mientras deducíamos qué era un axolotl, y le señalaba, al pasar, la sede del Jockey Club, donde había dado una charla Raymond Carver, cuando estuvo en Rosario en 1980, antes de su consagración mundial. Cada paso me generaba una expectativa nueva, nunca había encontrado en un lugar como ése una chica tan afecta a las letras. Cada paso me recordaba que no debía incurrir en ningún error ni torpeza, tampoco dar lugar a confusión cuando nos halláramos en ese desértico parque. Una palabra mal colocada podría sumergirme en la mayor de las miserias literarias. Un movimiento de cuerpo mal calculado te puede dejar, como a un arquero vencido en el último minuto de la final de un mundial, con las manos vacías. Entrando en aquel parque, con la Fluvial a la vista, surgió una mención a algún clásico. “Los miserables” de Víctor Hugo, creo. Y su cabeza se posó en mi hombro, como si rogara protección ante la oscuridad inminente de la costa este rosarina. Cruzamos con lentitud la arboleda, le prometí un momento de soledad y frescura, silbamos a nuestro paso un tema de los Abuelos de la Nada, hasta que, a centímetros de la barandilla que separa al río del parque, lo descubrimos todo. Había un millón de personas, sentadas en perezosas, tomando mate con bizcochitos y emitiendo frases ininteligibles de las cuales sólo se desprendía cada tanto: …ése es el Halley… no ése otro… el Halley… el Halley… Mientras algunos chicos corrían arrojándose tierra y piedras. La multitud ansiosa había llegado hasta allí para arruinarme la noche.

Miré a la porteña que estudiaba Letras, nos sentamos en el pasto, huimos sin huir del lugar, de esa noche, y nos trepamos, con nuestras miradas, de la casi imperceptible cola del Halley.

Anuncios