Atardecer

Volvió al atardecer, tal como se lo prometió años atrás. Vos y yo sabemos cómo son estas cosas: alguna vez se da, y no es para andar haciendo culto de ello pero, ciertamente, se da. Ellos se habían conocido en un recital de Serú, allá por los setenta; setenta y nueve, para ser más preciso, aunque de nada valen las precisiones. Ella había quedado encandilada porque el ruso Lebón le gritó desde el escenario, señalándola: agarrame la vena nena. Él, cuando comprobó ese encandilamiento, y mientras caminaban de la mano, a la salida del teatro La Comedia, comiendo semillitas de girasol, que era lo más barato que podía comprar, le prometió que se iría a Norteamérica para convertirse en una estrella de rock, y que vendría a buscarla para convertirla en princesa del rock, y del pop, si ella quería. Y así fue, por eso digo que algunas cosas se dan. Él se convirtió en estrella de rock. Millones de discos vendidos, giras que lo llevaron a todos los rincones del mundo, y notas en todas las revistas especializadas. Sin embargo, cuando ya se había apagado el furor y, por fin, pudo comenzar a salir a la calle sin el asedio de sus fans, cuando pudo comer en un restaurante sin tener que firmar un autógrafo antes del postre, cuando pudo pisar un aeropuerto sin que el maletero le pidiera un disco con dedicatoria como propina; por fin, pudo ir hasta su casa a buscarla. La verdad es que no habían dejado de tener contacto, porque siempre le enviaba alguna foto, algún disco, y renovaba la promesa de ir a su casa a buscarla. En todo ese tiempo, ella esperó pacientemente, hasta que un día, de pronto, no se sabe exactamente por qué, no se la vio más por la calle. Al principio se creyó que salía de noche, para que no le vieran alguna cirugía estética, porque se pensaba que él le enviaba dinero; todo el mundo estaba al tanto de esa relación y, sobre todo, de la promesa. Pero luego se sospechó de un secuestro, de un crimen, teoría que con el tiempo se diluyó en sí misma, cuando veían la luz encendida del patio, de noche, o la esporádica llegada de algún delivery que hacía rugir el diminuto motor de su vehículo.  Así las cosas, el vecindario vivía preocupado, después de todo la conocían desde el mismo día de su nacimiento. Por todo eso, no creyeron algunas cosas que comenzaron a decirse por televisión, respecto de esa casa de fachada abandonada. Entonces respiraron cuando ese atardecer lo vieron entrar en esa cuadra de la calle de La Sensación, con su melena entrecana al viento, su guitarra colgando de su espalda y las zapatillas sucias y rotas por el largo camino recorrido. Todos lo esperaban, por ella, por supuesto. Ese atardecer, las casas adquirieron un tono rojizo cálido, las cortinas se movieron acompasadamente, sin que hiciera falta tocarlas para ver qué sucedía en esa calle, los perros entregados al descanso levantaban un párpado y simulaban bostezar al verlo pasar, los gatos cruzaban las calles como llevando la noticia de un lado a otro. Él llegó hasta la puerta, se detuvo con decisión, y hay quien dice que musitó: quiero ver, quiero entrar… Golpeó con suavidad, asestado por un repentino temor generado por miles de preguntas simultáneas: ¿estaría igual? ¿se habrá cortado aquel sensual cabello rojo? ¿estaría sola? No hubo tiempo para respuestas. Un brazo de mujer asomó y lo tomó de alguna parte de su cuerpo. Sin darle tiempo a reaccionar, lo metió en la casa y un manantial de líquido multicolor comenzó a verter por las ventanas, por las puertas y por las claraboyas. Una música conocida por los vecinos se escuchó a todo volumen, a decibeles no permitidos por la razón humana. Por la noche se llenó de policías, de periodistas, de curiosos y de sentidos vecinos que algo sabían, por lo que se decía en la televisión. Vos y yo sabemos cómo son estas cosas. Siempre está la mujer que roba cámaras y dice que lo sospechó, que eran dieciséis carteros los que habían desaparecido; que los cadetes no huían porque sí dejando sus motos en la vereda; y que los huesos hallados por los detectives no eran sólo de pollo.

atardecer

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