El seminario

Antes de subir al colectivo, Raiter me llenó la cabeza con la idea de que estábamos destinados a perder el tiempo, que hubiera sido mejor quedarnos en su casa o en la mía viendo una buena película o escuchando algún disco no desempolvado durante muchos años. Lo cierto es que la invitación de la editora noctámbula no podía ser desechada. No porque le tuviéramos algún tipo de temor, sino porque deseábamos, en el fondo, saber hacia dónde apuntaba su cultura, su proyecto literario. Repasamos el volante: Seminario “La nueva novela en estos tiempos”, por el profesor Lisardo Ninno Sción; la nueva trama, la nueva escritura, los nuevos autores. Bajamos del colectivo cerca de las vías, a dos cuadras del lugar en cuestión. La editora noctámbula me había dicho, porque siempre la encuentro yo, o la encuentra Raiter, cuando está a punto de concretar algún evento, alguna mesa de lectura, algo, que el profesor estaba girando por diversas bibliotecas del país dando ese seminario, que nosotros no podíamos faltar y que ella necesitaba sacudir la modorra cultural de nuestra ciudad convocando a todos en ese galpón en desuso que perteneció alguna vez al ferrocarril. Ya desde la esquina contemplamos el panorama: iba llegando gente, había unos chicos con baldes y secadores dispuestos a limpiar parabrisas de coches que no llegaban nunca, un pasacalles anunciaba sin encandilar el seminario del profe Lisardo, tal como le llamábamos con Raiter como si lo conociéramos de toda la vida sin haberlo visto nunca. El galpón estaba abierto de par en par, y la editora noctámbula ultimaba detalles con desesperación, vestida con un trajecito beige con una rosa en la solapa y un sombrero tanguero que jerarquizaba su aspecto. Hicimos un paneo desde la entrada con mirada curiosa, estaba parte de la crema cultural rosarina, había tachos de luces que apuntaban, allá a lo lejos, hacia una zorra ferroviaria que hacía las veces de escenario, sobre la cual había un pequeño escritorio con cajonera, sobre el cual había un florero, un par de libros, una jarra con agua turbia o jugo, y dos vasos de plástico de una gaseosa conocida que no supimos si se trataba de un auspicio o si era lo único que encontró, y los asientos para el público eran unos durmientes apoyados sobre enormes placas de piedra gris. A un costado había un gaucho con una guitarra que repasaba un recitado por lo bajo y le daba indicaciones a un pibe de unos quince años que manejaba todo lo que tenía que ver con el sonido. Fue Raiter quien me codeó señalándome el cielo raso, un lugar surrealista donde las arañas habían tejido su obra con todo el tiempo del mundo. Saludamos a algunas chicas conocidas, escritoras, nos sentamos a esperar el acto cuando de pronto aparecieron un par de bailarinas de tango for export. Traían sendas bandejas con un programa o algo así y una birome con una cabecita de escritor de porcelana fría. A mí me tocó un Cortázar, peleé por un Cortázar, porque en realidad la chica amenazó con darme un Lugones pero le dije: no, dame ése, y señalé al cronopio. A Raiter le tocó un Sarmiento cuya carita era un recorte del viejo Billiken pegado con plasticola a la porcelana. La idea general del encuentro era buena, por qué no admitirlo, la idea, nomás. Repuestos de la sorpresa de la recepción, la editora noctámbula presentó al profe. El mismo hizo una introducción, respirando hondo, generando una inevitable expectativa y abrió su seminario diciendo: ¿qué es escribir una novela? ¿alguien lo sabe? No crean que lo van a aprender aquí. Luego vino una siestita, tal vez producto del viaje en colectivo que despierta una somnolencia indescriptible, que fue interrumpida por un ¡Ahuraaa! del gaucho que, pegado a la zorra, recitaba versos ad hoc, tales como éste que pude rescatar de mi memoria sin saber por qué quedó allí: cantar una gran novela/ no es fácil amigo mío/ más fácil es cazar liebres/ en un campo sin final/ que cazar un argumento/ que pueda al lector atrapar. Y rasgaba la guitarra como si fuera su última vez. La editora noctámbula pidió aplausos: para el profesor Lisardo, para el gaucho Danilo, para Ricky el sonidista e iluminador, dijo mientras solicitaba velas a las chicas de tango for export porque se estaba haciendo de noche y faltaba el brindis. Espero que sepan aprovechar este seminario dijo y nos dirigió una mirada pretendida a Raiter y a mí, particularmente. ¡Ahora a brindar por nuestra cultura! Y aparecieron dos tipos vestidos de ferroviarios con otra zorra repleta de platitos de plástico que contenían palitos salados, pizzetitas, bocaditos y empanaditas, vasos de vino, de gaseosas. Nos servimos algo, charlamos con alguna gente y a Raiter se le ocurrió que podríamos ir a casa a ver “El padrino”. Vos sabés que nunca la vi entera, le dije. Y nos fuimos.

zorra de ferrocarril

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