El regreso del amigo

Desde que volvió de la guerra de Malvinas, el flaco Mon, no fue el mismo tipo. Su optimismo a rajatabla, arma feroz que empuñó desde chiquito, había decaído. Su optimismo siempre fue para sumar, para crear, para que la esperanza que él tenía depositada en un objetivo funcionara plenamente. Si el flaco Mon decía: “vamos a jugar en el torneo de la ciudad de Junín”, primero escuchaba las trabas económicas, después te hacía creer que iríamos aún en carros tirados por caballos alquilados a los cirujas y, finalmente, organizaba una rifa en el barrio, contrataba un colectivo y estábamos jugando en el torneo, allá, en plena provincia de Buenos Aires.

El optimismo del flaco Mon rompía todas las barreras. Cuando el hijo de Ernesto, el carnicero (también miembro de nuestro glorioso equipo de fútbol del barrio), necesitó una cirugía muy costosa, por un problema congénito cuya denominación científica me resulta difícil de recordar, el flaco Mon dijo presente, y nos involucró a todos, sin imposiciones. Por entonces, la operación debía hacerse en Boston, y Ernesto estaba ansioso porque faltaban dos mil dólares para poder viajar. Ya se habían agotado todas las instancias del mangueo (incluida una cuenta en el Banco Nación, donde gran cantidad de seres anónimos entregaron su desinteresada colaboración). Ahí apareció el flaco con su idea que no, por menos revolucionaria, dejó de ser efectiva: “La semana de la solidaridad”. Le pidió al cura de la parroquia del barrio el parabólico de la calle French El flaco jamás iba a misa pero se acercaba al cura para esas cosas, entonces pergeñó cinco shows, de lunes a viernes, donde se contaba con la presencia de un jugador de Central y uno de Newell’s, que firmaban autógrafos y saludaban; y un número con músicos aficionados, hoy folklore, mañana tango, pasado rock, y así hasta completar el calendario). En general, íbamos las mismas caras del barrio y desembolsábamos la módica suma de cinco pesos, todos los días. Algunos muchachos se quejaban por tener que bailar con las mismas chicas a las que ya soportaban como si fueran hermanas. No faltaron quienes protestaron por lo acuoso del café que se servía con gentileza y por lo desabrido de los pastelitos que se habían conseguido como donación. Sin embargo, jamás podré borrar de mi memoria lo que ocurrió aquel viernes, cuando estos eventos llegaron a su fin. El flaco Mon subió al escenario con una caja de madera que contenía la recaudación. Llamó a Ernesto, el carnicero, y tomó el micrófono que, cada tres palabras, acoplaba. Le dijo, sin ocultar orgullo: “Mi querido Ernesto, hicimos lo que pudimos. Aquí, en esta humilde cajita, tenés en pesos el equivalente a dos mil cien dólares”. Alguien había puesto el resto del dinero, para llegar a esa cifra. Alguien que deseaba permanecer en el anonimato. El abrazo entre ambos fue tan extenso y conmovedor que me dio tiempo a pensar que ésa era la única medalla que esperaba el flaco Mon: la alegría de su gente.

Me di cuenta enseguida, después de la guerra, que el flaco había perdido su optimismo. Ni siquiera había reaparecido su euforia, cuando Central salió campeón de la “B”, en el ’85. ¡Sólo un año, y ya volvíamos a la categoría mayor! También pensé que se iba a tirar, definitivamente, a Olivia (apodo que le pusimos, no por la novia de Popeye sino, por la Newton-John). Me había confiado alguna vez que se había enamorado de ella de verdad, desde muy chico, cuando iba a visitar a su prima Fernanda (íntima amiga y vecina de Olivia).

Los días fueron pasando hasta que llegó el día del partido Argentina-Inglaterra, durante el mundial del ’86. Esa tarde, habíamos convenido preparar mate y facturitas de las buenas. La cita era en la casa del flaco. Los viejos (se habían ido a lo de unos parientes) tenían un living muy cómodo, así que el sofá estaba enteramente a nuestra disposición. Sobre la mesita ratona estaban los comestibles y, frente a nosotros, un aparato de veintiuna pulgadas y una imagen nítida (en colores) nos hacía sentir en una platea del estadio azteca.

El partido era especial para todos. Era el primer choque después de la guerra y no podíamos evitar cierta incomodidad. Le queríamos ganar a Inglaterra, aunque fuera en fútbol. Necesitábamos esa alegría. El genio estuvo a la altura de las circunstancias. Primero, aplicando el ojo por ojo, hizo un gol con uno de sus puños delante de las narices de los defensores ingleses que, en vano, le reclamaron ardorosamente al árbitro. El juez no vio nada extraño en la jugada y convalidó el tanto. Uno a cero. El flaco Mon movió los labios hacia un costado, sin siquiera alcanzar una forzada sonrisa. Le cebé un mate y, con tranquilidad, se apoderó de una galletita. Estaba pensando en el gol. No se vio bien, ni en la repetición. Tal vez, no había sido con la mano. Rogaba por otro gol, uno que no pusiera en duda nuestra capacidad para vencer a los piratas. Y llegó. El genio la tomó detrás de la línea de media cancha. La pisó para que un invasor pasara de largo. Movió sus piernas con una elasticidad digna del Bolshoi, y eliminó a otro invasor. Luego, dejó en el camino a otro, y a otro. Así, se fue acercando al área. Antes de caer al piso, hostigado por un inglés que salió de debajo de la tierra, le puso firma a su obra maestra. Fue gol. El mejor de la historia de los mundiales. No había partitura capaz de sostener esas notas. Era como el jazz de los barrios bajos de Nueva Orleáns, pura improvisación, puro talento. Me abracé al flaco Mon apenas la pelota tocó la red. Esta vez, el flaco sonrió un poco más. Al rato, gol inglés. Estuvimos hasta el final con el culo en la mano. Por suerte el partido ya terminaba y no se empañó la fiesta desatada en todo el país. Al final del partido, le dije al flaco una mar de idioteces de las cuales me arrepentí toda la vida. “El genio es héroe nacional”. “Eso es poner huevos y talento para ganar”. “Ahora nos podremos morir tranquilos”.

Al atardecer ocurrió la tragedia. Yo me había pegado una ducha, y salí de casa para ir a visitar a Sandra. Iba a cruzar la calle cuando escuché el disparo. Un estruendo seco que venía de la casa del flaco Mon. Corrí hasta allí. Salté la ventana abierta y encontré al flaco con la vista inerte hacia el techo. Estaba recostado en su cama y la pistola no se había querido desprender de su mano derecha. No pude llamar una ambulancia. Me puse a llorar. Me demoré en tomar el teléfono. Sabía que no había remedio. La vereda se llenó de vecinos. ¿Quién iba a querer matarse en una tarde como ésa? ¿Quién iba a poder explicarle algo a los viejos del flaco? ¿Quién iba a decir que la ambulancia vino en vano? También los policías que coparon, literalmente, la casa y me llevaron “para hacerme algunas preguntas”, según dijo el comisario.

En la oficina de la seccional, mientras esperaba la llegada del juez, recordé a la gitana de aquella tarde de Funes. El flaco se había negado a la lectura de su mano porque quería vivir más allá del 2000. O porque no quería saber que algo le podía adelantar el viaje. Y ese “algo” era su propia decisión, sin consultar a nadie. Ni siquiera al destino, que tal vez le tenía reservada otra jugada.

Finalmente, me levantaron la incomunicación. Las autoridades quedaron satisfechas con mis declaraciones y me dijeron que contarían conmigo como testigo, para cerrar el caso. Afuera, me esperaban mi madre y Sandra. Me abrazaron, llorando por mí y por el flaco. Todo era como un sueño extraño, como un capítulo de “La dimensión desconocida” que veíamos de chicos, en blanco y negro, esperando el desenlace en los últimos dos minutos. Necesitábamos que cualquiera de nosotros se despertara, pateara las sábanas, y nos confirmara que era mentira. Una tremenda mentira, pero mentira al fin.

Tres semanas después, la madre del flaco Mon me trajo algunas cosas. Los discos, los casetes, una camiseta de Central y un sobre que, según ella, estaba en el cajón de la mesita de luz, en blanco. “Lo tuve que leer para saber que era para vos”, me dijo. Le agradecí el gesto. No hacía falta, para recordar al flaco, ese cúmulo de cosas materiales, pero reforzaban la memoria.

En la soledad de mi dormitorio, leí la carta.

Hermano Mel:

                         Muchas veces, me pregunté si alguna vez voy a tener el coraje de contarte lo que escribo en este papel. Me respondo que sí. Con el tiempo, sí. Me gustaría contártelo mirándote a los ojos. Si alcanzás a leer esta carta, es porque no pude hacerlo y, entonces, estaré en deuda para siempre con vos.

                         Cuando volví al barrio, me recibiste con honores. Fuiste el único. Me creíste un héroe y, sin embargo, quiero que sepas que sólo maté cinco ingleses. Fue un atardecer muy frío. Quedé solo en la trinchera, junto a cuatro bajas hermanas. Poco antes de que oscureciera, se acercó una patrulla pìrata. Me asusté y creyendo que podían descubrirme, salí al claro y empecé a tirar sin ver. Los bajé a todos. Eran cinco. Pensé que iban a venir más y que tomarían venganza. Entonces, me escondí en el zanjón hasta que la guerra terminó. Me encontraron durmiendo, casi congelado. Me tomaron prisionero y me informaron que todo había concluido. Me atendió un médico, y me dieron de comer. Comí en un día lo que no había comido en tres semanas. Me sentí avergonzado. No tenía cara para volver a mi casa. Fue una suerte haberte encontrado en la avenida Alberdi el día del regreso. Tu aliento me levantó mucho. Aunque lo intuía hacía muchos años, ahí supe con certeza que tenía un hermano. Pero ¿cómo le cuenta uno a su hermano que se escondió en la guerra, después de haber matado?

                         Perdoname, Mel, por no haber regresado del sur cantando “We are the champions”. Te traje un trofeo. No, no estoy loco. Está en el estuche de “La banda de corazones solitarios del Sargento Pepper”. Se trata de un broche blanco con la inscripción “The cavern”, el primer lugar donde tocaron los Beatles. Lo tenía uno de los ingleses que eliminé. ¿Te das cuenta? Maté a un tipo que se crió escuchando la misma música que yo. Ya sé, soy un boludo. En esta vida, o sos héroe, o sos boludo. A mí me tocó lo segundo. Pero tengo la satisfacción de tener un hermano como vos.

                         Si leés esta carta es porque ya no voy a estar. No sé cuánto voy a soportar. No importa. Acordate de aquella gitana de Funes y sabrás que en el 2000 nos encontraremos.

                         Hasta la vista, un abrazo. Tu hermano, el flaco.

 

-Hasta la vista, hermano Andrés Mon.

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2 comentarios en “El regreso del amigo

  1. Que belleza Raul!!!!! Cuantos flacos habran vuelto de alla y cuantos habran terminado como el, nunca lo sabremos. Tuve la suerte de conversar con un ex combatiente y en mi afan de saber creo que lo lleve nuevamente hacia ese momento por que su relato se transformo en desgarrador y entre lagrimas me confeso que los que estabamos de este lado sabemos solo una pequeña partecita de todos los horrores que viviero. Tal vez a tu flaco no solo le paso la muerte de 5 ingleses sino muchas cosas mas que no pudo soportar. Gracias por darnos tanto con tu pluma maravillosa!!!!!!

  2. En algún lugar del mundo ya es 2 de abril. Por eso deseo compartir este relato, afín al tema que nos toca de cerca. Este relato integrará la antología que contiene relatos ganadores y mencionados en el Concurso que organizó la Federación de Bibliotecas Populares de la Provincia de Santa Fe, para dos categorías: juveniles y adultos. Tengo la suerte de compartir esas páginas con un relato, también premiado, de mi hija Angeles, que pertenece a la categoría juvenil. El mío es un relato que tiene muchos años, tal vez 15 años, y dormía en un cajón esperando, probablemente, este momento. Espero que lo guarden en el corazón.

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