Pesadilla de una noche agitada

Todas las hermosas mujeres de este hermoso mundo estaban conmigo en esta pesadilla. Pero, ¿por qué pesadilla, si estaban todas las mujeres del mundo? Tal vez, no sea el nombre apropiado para definir ese sueño que me invadió en la madrugada del sábado.

Ellas se habían quedado dormidas, luego de una agitada noche de convivencia tripartita. Luego de una jornada melancólica afín con el recuerdo de un país quebrado que aún no supimos soldar. Me acosté en el sofá del living, rodeado de discos, de libros y revistas viejas, ya que hace meses, largos meses que no compro nada.

Apenas cerré los ojos comenzó la travesía en un lugar del que siempre uno habla pero jamás recorre. La brisa me acariciaba el rostro en su punto justo. Porque vieron que, a veces, hay un viento molesto, uno se queja, sobre todo en invierno; o, directamente, no hay brisa, y uno se queja también, sobre todo en verano. Esta vez, la brisa estaba en su punto justo. Los árboles daban sombra cuando la debían dar y el sol alumbraba el alma; sí, alumbraba el alma. No me pregunten cómo, pero lo sentía. Yo caminaba lentamente, no porque fuera un cliché de las películas de suspenso, o sí, pero lo cierto es que caminaba lentamente, hasta que de pronto me encontré con un arroyo de aguas cristalinas, de las que pude beber como si lo hiciera de cualquier canilla limpia, de cualquier manguera de mi niñez. Que ese arroyo reflejara el color celeste del espacio, algún refulgente destello del sol, y el sabor del agua fuera a elección. Un metro más allá, sabor a naranja, otro más allá, sabor a ananá, otro más allá, sabor a pomelo. Era el arroyo Tang, pensé intentando asociarlo con alguna clase perdida de geografía. Sin dudas, no estaba en mi ciudad, ni en mi país. Crucé el arroyo caminando entre las aguas, moviéndolas, como revolviendo, levantando una pierna y notando con asombro que estaba seca, la sumergía en el agua y se mojaba, la sacaba y estaba seca, y así, jugaba como en mi niñez. Antes de salir del arroyo, bebí otro sorbo y era sabor multifrut, tal vez producto de la caminata. Una vez que crucé el arroyo ví, más adelante, un pueblo, pequeño, con mucha gente que iba y venía llevando flores, pelotas, de fútbol, de tenis, de rugby, de básquet, pelotas en fin, libros de cristal donde podía leerse una historia a antojo del lector. Yo iba descubriendo todo esto mientras me sumergía en las calles pobladas. Las casas eran transparentes, y así podía ver que dentro había gente sentada alrededor de sus mesas desayunando o merendando y me saludaban levantando sus tazones a manera de brindis. Nadie me preguntaba nada, ni yo preguntaba dónde estaba, ni quería saberlo. Un perro y un niño comenzaron a seguirme, hasta que llegué al bosque. La cantidad de árboles tapaban lo que había detrás. Iba a meterme en ese lugar, por curiosidad. El perro comenzó a pararse y a empujarme hacia el poblado, mientras el pibe, sin hablar, me tomaba de un brazo para que me alejara del lugar. Casi me hicieron caer y me tomé de un árbol, comprobando así que su tronco era blando como una tela, que se movía, y me agaché hacia sus raíces. En un claro de la tela había una firma: Eugenio Zanetti, decía. Era el argentino que ganó un Oscar por “Restauración”, y que había construido el decorado de “Más allá de los sueños”, y ahora, ¿había construido el decorado de mi sueño o pesadilla? Me fui hacia el costado, para no defraudar al niño y a su perro. Llegué a un valle por el que descendí y vi que comenzaban a aparecer mujeres, mujeres que me miraban y esbozaban una sonrisa sarcástica. Algunas me señalaban y simulaban cuchichear entre ellas cuando pasaban en grupo. Me miré y vi que estaba desnudo, y no me había dado cuenta de que en el otro poblado todos estaban desnudos, pero no se me dio por pensarlo. Me escondí detrás de un árbol y me puse un pantalón de tela casi transparente, que con el casi no era lo mismo que transparente. Seguí camino por el sendero que, pude ver se bifurcaba allá lejos, en el final. En ese camino, me crucé con varias mujeres conocidas; en realidad, yo las conocía, ellas no. Así, pasaron la Mona Lisa, Dulcinea del Toboso. No me pregunten cómo lo sabía si nunca le vimos la cara, sólo la imaginamos, pero lo sabía, che, lo sabía, era Dulcinea del Toboso. Pasó también la Maga, y juro que era ella. Y Pilar Ternera, la tiradora de cartas que leían el porvenir. Y Demi Moore, y Ornella Mutti, y la Mona Lisa, y Dulcinea, y Soledad Villamil y otra vez la calesita de mujeres que multiplicaban su belleza, aún cuando no la tuvieran. Yo seguí, sin hablarles, sólo verlas era un consuelo impagable. Crucé ese increíble vergel y me asomé a un llano absolutamente verde, donde brotaban mates de toda clase: de madera, de plata, de calabaza, con bombillas de metales dorados que no llegaban a ser oro. Me agaché y caí en la tentación de chupar de una de las bombillas… y bebí de la irresistible infusión. Seguí camino y allí atrás, donde terminaban los mates, había un jardín circular con dos mujeres adentro, extendidas, como tomando sol. Me acerqué, casi corriendo, porque sabía lo que ustedes se imaginan en este momento: eran Ellas. Me vieron y, sin inmutarse demasiado, me hicieron un lugar entre ellas. Nos pusimos a mirar el sol, que no nos hacía ningún daño a los ojos, comíamos uvas frescas, y bebíamos cerveza de un botellón de tronco de un árbol que no pude identificar. De pronto, el cielo se abrió, y como si fueran enormes naves espaciales, aparecieron dos baffles, de los que salían con bajo volumen, pero con una claridad impecable, canciones de Sabina y de Serrat. Estuvimos una eternidad así. Como no se hacía de noche, nunca era de noche, pues allí la tierra no giraba, no le daba las espaldas al sol en ningún momento. Me levanté y caminé hasta un lago cercano para lavarme la cara. Allí, reflejado en sus aguas insípidas e inodoras, estaba un tipo que escribía sin detenerse más que para tomar café de un pocillo color pelón. Escribía mi historia, lo que yo escribo y vivo por estos días. Pude leer lo que venía y me alejé del lago. Vi a Ellas y oí que me llamaban: querido, vení con nosotras. Era la primera vez en este viaje fantástico que oía hablar a alguien. Me acerqué a ellas, que me abrazaron infinitamente, hasta que nos alcanzó la eternidad para quedarse

valle

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