Anochece en la ruta

Sí, mis amigas lectoras, ejem… y mis amigos lectores, el calor, cuando excede sus índices normales para esta época, golpea fuerte en nuestras neuronas y nos hace pensar y hacer cosas que con otra temperatura no haríamos. Vayamos al punto en ebullición: el miércoles por la noche tuve ganas de ir hasta el aeropuerto para ver descender los aviones. Al atardecer, me colgué de un “Las Rosas”, esos ómnibus blancos que circulan por nuestra ciudad, como novias en la noche de boda, sin apuro, sin bocinazos, pero con un paso ansioso. Pagué mi boleto, me senté con la prestancia con que lo hace un tipo que se va por estos días a Florianópolis, con enormes expectativas.

El ómnibus me dejó en la ruta, por lo que tuve que caminar hacia el norte, cruzar la vía, y soportar la mirada socarrona de algún pasajero de remisse que circulaba por ahí. Llegué al aeropuerto internacional, me acerqué a la mesa de informes con la mejor cara de viajante experimentado y le pregunté a la chica que hablaba por teléfono con una amiga, si había algún avión para ver. Me miró con inspirada ternura, primero hizo una pausa y después, tecleando en la P.C. me preguntó cuál era mi destino. No, no, yo sólo quiero ver descender algún avión. Le iba a aclarar que me gustaban las luces rojas titilantes, el sonido de las turbinas, pero percibí que la cosa no venía bien y me callé un segundo. Ah, usted quiere ver un avión, así nomás, que toque tierra, me dijo. Y no sé por qué el tono de la encargada de información al cliente me sonó a “pobrecito, este muchacho delira”. Sí, por qué, ¿hay alguna disposición nacional o provincial que lo impida? le pregunté intentando una firmeza mal disimulada. No, no, por favor, me dijo con gentileza profesional. Y agregó la frase que yo no quería escuchar: lo que ocurre es que no hay vuelos, por hoy no hay más vuelos, ni hoy ni mañana, hasta nuevo aviso. Me miró con pena. No sé si habré puesto cara de nene que se queda sin su juguete, pero ella agregó: lo siento, la semana que viene, tal vez. Gracias por la información, dije y me fui dando media vuelta. De pronto escuché un ¡señor! Era ella, la informante. ¿Usted va hacia la ruta? me preguntó. Sí, le respondí. ¿Puedo ir con usted? lo que pasa es que anochece en la ruta y se pone peligrosa. La miré con un gesto paternal, no tendría más que veinticinco años, y le dije que la esperaba.

Realmente, hacía mucho tiempo que no me encontraba con una mujer sin saber qué tema tocar. Le pregunté cuánto hacía que trabajaba allí, si le gustaba el trabajo, si estudiaba, si tenía familia (eufemismo por si era libre o tenía pareja). Me respondió, amablemente, una a una de las preguntas y preguntó si podía dejar de lado el “usted” conmigo. Por supuesto que acepté, la cosa ahí cambiaba. Cuando llegamos a las vías, caí en la cuenta de que en el aeropuerto no había nadie más que ella, y que cuando nos fuimos cerró con sus propias llaves. En ese lugar, bajo los potentes focos de iluminación, noté que estaba impecablemente vestida, con una mini celeste con vivos blancos y una camisa blanca con vivos celestes, no transpiraba para nada, a pesar del calor que hacía, y de que tenía atado al cuello un pañuelo de seda celeste y blanco, uniforme del aeropuerto, pensé. Olía a suave fragancia que atraía dulcemente de cerca. No arrimaba demasiado mi rostro al suyo para no ofenderla, sin embargo, ella salió del macadam, cruzó con elegancia la zanja y me llamó hacia la vereda, que estaba más oscura que la calle. De pronto, comenzó a oírse una música que yo no identifiqué con facilidad. Era Sinatra, o algo así. Pensé que en una de las quintas donde la gente pasa sus fines de semana, alguien había puesto demasiado fuerte la música. Aunque no estaba demasiado fuerte. Estaba en el punto justo. Ella me abrazó del cuello y comenzó a dar pasos de baile. Ante mi incomodidad, me tomó de la cintura y sacó un llavero. Se acercó a la puerta de una de las casas y abrió. Hay una pileta, dijo, podemos darnos un remojón. La seguí, mi fuerza interior era más poderosa que mi razón. La música seguía y ella ante mi cara de preocupación me dijo que era la casa de unos amigos. Jugamos en el agua, bajo una luna espléndida que, hubiera jurado, no estaba cuando fui hacia el aeropuerto. Me besó en un momento de distracción, mientras yo miraba el cielo surcado por fugaces meteoritos. Se sentó al borde de la pileta, sonriendo y diciendo que hacía años que no era tan feliz. De pronto, los faros de una 4×4 rompieron el idilio. Escondámonos, me dijo y se hundió velozmente en el agua. Yo quedé paralizado. Esto es una trampa, pensé. La gente de la 4×4 entró en la casa, encendieron todas las luces y salieron al parque, donde al verme comenzaron a gritar: un ladrón, un ladrón. Por suerte, mi neurona número seis actuó más rápido que nunca. Les pido disculpas, revisen la casa y verán que no les falta nada, sólo quise darme un chapuzón. Miré al que podía ser el jefe de familia y le dije: el calor, vio. Miré a la mujer, supuestamente la esposa, y le comenté: ya me iba, sólo vine a ver los aviones. Me miraron tristemente los seis, el supuesto matrimonio y los cuatro chicos. Pensé en la chica del aeropuerto, hacía varios segundos, muchos, que estaba bajo el agua. ¿Está solo? preguntó la señora. Sí, mentí. Lo miró al marido y le comentó en voz alta: al menos este señor está solo, porque los otros cinco que encontramos en lo que va del verano nos juraron que con ellos estaba una mujer de celeste y blanco. Mi espalda se congeló. Era como si toda el agua de la pileta se hubiera convertido en un iceberg. Iba a decir que yo también estaba con ella, pero ya era demasiado por esa noche. Me fui pidiendo mil veces disculpas. Me ofrecieron un toallón para que me secara. Acepté, me sequé, y les prometí que no se repetiría la historia. Miré reiteradamente la pileta, para ver si aparecía ella, pero fue inútil, se habría ido por detrás. Me puse la ropa seca que había dejado sobre el césped y me fui por una puertita de alambre que daba a la calle. ¿Quiere que lo acerque a Rosario? me preguntó con amabilidad el jefe. No, gracias, ya viene el ómnibus, le dije desde afuera. Cuando me alejaba, escuchaba carcajadas estruendosas que venían desde la casa. Sin dudas se reían de mí.

Llegué a la parada, en la ruta, y vi con alivio que venía el ómnibus. Le hice señas. Cuando se estaba deteniendo, percibí la sonrisa de ella, la chica del aeropuerto, que venía al volante con el mismo uniforme, celeste y blanco. No, dije cuando abrió la puerta, no, tomo el de atrás. El ómnibus arrancó y se perdió rápidamente en la oscuridad de la ruta. Pisé la banquina y me volví caminando, despacio, hacia Rosario.

RUTA

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