Científicamente amorosa

Cuando todas las cosas esta semana tienden a tener carácter de final. Cuando todo el mundo no hace más que mencionar que tiene por estos días la última comida con la gente del club, la última reunión con la gente del trabajo, el último encuentro con las chicas desamparadas de Fisherton R, con Hamlet pensábamos, sin incurrir en esas poses exageradas, si no era la última oportunidad de tener un encuentro sexual antes de que llegue el 2006. Porque, en realidad, la verdadera última semana del año, que es la otra, la que viene, es como si no existiera. Es como si toda la cerveza y toda la sidra que se toma la gente durante la noche de navidad provocara un efecto que dura toda la semana hasta el 31. Entonces, todos los saludos, todos los encuentros, todas las búsquedas suceden sin solución de continuidad en la semana previa al 24, de diciembre, se entiende.
El miércoles por la noche, fuimos a ver la última…sí, discúlpenme mis amigos lectores, pero era la última función del espectáculo de este muchacho Germán, actor vocacional, amigo de Hamlet. Tras el acto, que incluyó un monólogo acerca de lo idiota que se pone la gente en estos días. Ahí mismo sobrevino la discusión acerca de si hay, realmente, una comprobación científica sobre el comportamiento pusilánime de la gente en esta época del año en relación al consumo. Rodeábamos la mesa, Germán, Hamlet, la chica que sale con Germán, dos amigas de esa chica, y yo. Y fue una de las chicas, la más alta, morena y de cabellos brillantes y negros hasta la fantasía, que dijo que sí, que había unos números dando vueltas por ahí, en libros de divulgación, en estudios de importantes universidades del mundo, que reflejaban esta tendencia: que la gente consume cualquier cosa, con tal de consumir, en esta época del año. Esta afirmación fue complementada por un sesudo comentario de la otra acompañante, la chica bajita, pelirroja, de nariz nicolkidmeana, que dijo que si no existieran los productos de consumo, se inventarían para satisfacer las necesidades apocalípticas de los consumidores adictos a los centros de compras y sus contornos (sic). Tras esta exposición, sin dejar de mirar a Hamlet, como si quisiera seducirlo, le habló del otro costado de esa tendencia que implicaba la entrega, el desprecio, el sacrificio, al inclinarse esa gente por un cierto desprendimiento del dinero (sic). Hamlet me miró buscando una explicación a esa mirada de la pelirroja que se llamaba Ethel. Es que desde hacía un tiempo, toda mirada de mujer, más o menos dirigida a nuestros ojos, nos hacía pensar muy fácilmente en el tema de la seducción. Me ocurrió con la morena, que se llamaba Greta, que al comenzar a hablar de lo que pasa en los shopping centers por estos días, me provocó la impresión de que me estaba diciendo: vámonos de este mundo, a una isla en Marte, a un paraíso venusiano, a una galaxia eterna donde podamos juntos… (bajá unos cambios, Lüar, pensé).
Ya habían pasado varias cervezas y varios platitos de papas fritas,cuando a Hamlet se le ocurrió decir que detestaba ese invento nefasto que es la Happy Hour. Que consiste, por si hay algún extraterrestre leyendo ésto, en que un local eventual de un shopping center llama en determinado momento al público para ofrecerle un, supongamos, cincuenta por ciento de descuento en sus mercaderías. Ethel dijo que se trata de un fenómeno que va de la mano con la necesidad de la gente, que esa necesidad data de tiempos remotos, que se refleja en diversos momentos de nuestra historia cotidiana, cuando las amas de casa adoptan como forma de compras el caminar muchas cuadras en busca del mejor precio en tiempos de inflación (sic). Hamlet insistió en que le parecía aborrecible que se anunciara por altoparlantes, o por cualquier otro medio, descuentos en una remera con una estampa de Homero Simpson, y todos los hombres que estuvieran en ese momento en los pasillos del shopping salieran corriendo atropellándose, pegándose codazos, para pugnar por una prenda de ese tipo. Ethel corroboró, científicamente correcta, que se trata de un fenómeno. En un momento muy breve de lucidez, propuse que nos trasladáramos a casa porque iban a cerrar el local. Ethel y Greta aceptaron tras unos segundos de cabildeo, como para no entregarse tan fácilmente a mi propuesta.
Una vez en casa, saqué unos salamines y unos trozos de queso que habían quedado de una picada anterior. Aclaré que no habían sido comprados en ningún happy hour. Serví una botella de cerveza, la única que me quedaba en la heladera, puse música a bajo volumen, y rogué que no profundizaran acerca de las tendencias en el uso del CD con respecto al vinilo. Cuando la botella estuvo vacía, Hamlet y Ethel (eso me suena a cuento infantil) desaparecieron tras la puerta del dormitorio que yo usaba de estudio cuando vivía con ella (mi ex). Greta me dijo, riendo sin parar, que sólo se acostaría conmigo si en el dormitorio tenía un telescopio que le permitiera ver las estrellas después de hacer el amor. Le dije que iba a poder ver las estrellas durante el acto amoroso, y reímos los dos sin parar mientras íbamos de la mano hacia la cama. Abrí la ventana de par en par, el cielo destilaba estrellas refulgentes por todas partes y cuando me di vuelta vi a Greta en toda su desnudez, esperando que me refugiara a su lado. Antes pasé junto a una repisa de colecciones de mi infancia (uno tiene su corazoncito, qué tanto), y recogí el catalejo pirata que había traído la revista Anteojito. Con ésto vas a ver las estrellas, la luna y el resto de los planetas de nuestra galaxia. Apagué la luz y me entregué a lo desconocido, mientras llovían rayos plateados de luz natural sobre nuestro paraíso. Mientras tanto, Greta me demostraba que era, de verdad, científicamente amorosa. En un momento de descanso y observación concienzuda de astros, el silencio se adueñó del ámbito que yo empezaba a extrañar desde que ella (mi ex) me dejó. Ahí fue que escuchamos, sin ánimo de voyeur, a Hamlet y a Ethel. Ella le explicaba, en tono susurrante, cómo sería un viaje a través del tiempo, en qué consistían las hipótesis existentes sobre ese tema, las fórmulas que la ciencia había aprobado, y las probabilidades prácticas de concretar esos viajes. Hamlet intentaba sacarla del tema, pero Ethel insistía en enumerar distancias planetarias y épocas y años y fechas precisas a visitar en un viaje a través del tiempo para constatar la veracidad de los hechos históricos que conocemos a través de libros y documentales. De pronto, ambos fueron devorados por un silencio liberador. Nosotros nos miramos un minuto, nos acercamos nuevamente, y dejamos que la noche, por sus propios medios bajara las persianas por algunas horas.

cielo nochee

Anuncios