Caminar para escribir

Hay algo que nos ocurre a quienes tenemos la maravillosa enfermedad de escribir. Nos ocurre justo cuando aparece una idea que vale la pena desarrollar. Es esa pregunta que, de tanto en tanto, nos hace ruido en el cerebro: ¿Cómo seguir? Ya tenemos el personaje, el ambiente, el argumento, pero nos falta algo que, a veces, no sabemos muy bien qué es. Es allí que nos aborda una necesidad impostergable: salir a caminar en busca de eso que no se sabe bien qué es. Salir a caminar por Rosario puede significar el inocente ingreso en una novela que, entre cómica, grotesca y decadente, nos haga sentir de inmediato personaje y superarnos largamente.

Rosario es como esas minas que uno ama en secreto, o a viva voz, y que no te da cinco de bola. Vos la conocés desde chico, caminás sus calles, te alegrás sinceramente con las cosas buenas que le pasan, en el arte, en el deporte, o en la vida cotidiana, hasta que alcanzás determinada edad para tirártele y te das cuenta de que ella está saliendo con un tipo enigmático que vino de afuera con aires de: me como el mundo. Rosario te dice, porque capta de inmediato tu mirada de decepción, que no supiste ganarte un espacio, que no supiste conquistarla, sin advertir que vos estabas haciendo un trabajo diario, silencioso, acariciándola de a poco para que ella sepa leer lo que llevás en las entrañas y no en la superficie.

Últimamente no son pocos quienes vienen desde otros lugares del país y lo único que dicen es que Rosario está muy linda. Sin embargo, no notan un mínimo rasgo de su mal carácter. La ven en el living, ese ratito de mates, bizcochitos, fotos, música y elogios del instante. Rosario los recibe en el living, porque se pone nerviosa si llegan a recorrer otros rincones de su casa. Incluso el dormitorio que, lejos de destilar glamour, está lleno, a veces, de vagabundos sin norte que se metieron por la ventana. Ni hablar del patio que intenta mantener con las luces apagadas para que no se vea que está repleto de gente de entre cuarenta y sesenta que, en su desorientación, permanecen sentados en torno de un fuego esperando a Godot, aquel personaje de Becket.

Sin embargo, Rosario no es tonta, sabe que uno la ama con locura y que uno sería capaz de caminar por las calles de París, o de Nueva York, con una remera que lleve su nombre estampada a fuego en la parte delantera. También sabe cambiar de opinión a tiempo. Si te ve del brazo de otra, sobre todo de la engreída pero visiblemente atractiva Buenos Aires, va a jurar que vos sos de ella, y nada más que de ella, y que se acostó mil veces con vos. Por eso uno la camina, recorre sus sitios más recónditos, huele sus aromas más seductores y toca con inequívoco cuidado sus partes más pudendas.

Andar por esa fusión de contexto geográfico y mental, donde se cruzan las historias que se suceden para los noticieros y las historias que se suceden para las ficciones, es tomar nota sin birome ni papel. Es andar, hablar con alguien que necesita que le hablemos, y que necesitamos que nos hable. Es vivir un poco más de cerca todo lo que nos pasa cerca, pero que no miramos con ojos de personas hasta que vemos con ojos de escriba.

Escribir en Rosario es eso. Es circunvalar la ciudad en busca de personajes complementarios a los ya creados previamente, con el riesgo, en muchos casos feliz, de que esos nuevos personajes adquieran dimensiones protagónicas. Es adentrarse en barrios olvidados que nos reflejan, con un mutismo melancólico, historias que fueron alguna vez y que permanecen en este siglo nuevo. Escribir en Rosario es sentarse sobre el techo de una casa en la zona oeste, al atardecer, y contemplar la caída inexorable del sol, y ese mundo que cambia a la vez que aparece la noche con sus bocanadas de aire húmedo, de alcohol, de motores y disparos, que en un cuento nocturno puede decantar en líneas verosímiles que uno, a veces, no sabe dónde encontrar.

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